jueves, agosto 10, 2017

El «Espacio Suma No Cero» coge vacaciones

Gracias por visitar una temporada más el Espacio Suma No Cero. Este lugar dedicado al estudio de la inteligencia social y al análisis de las acciones humanas permanecerá cerrado por vacaciones desde hoy jueves 10 de agosto hasta el próximo mes de septiembre. Es un cierre metafórico que se repite desde su inauguración en 2014, o desde 2008 si computamos también los años del blog de ENE Escuela de Negociación, de donde el Espacio Suma No Cero tomó el inmediato relevo.

Se podrá acceder a la lectura de cualquiera de los textos editados hasta la fecha, pero no se publicará ningún artículo nuevo semanal. Para la artesanal tarea de la escritura tan irrevocable es leer y escribir como dejar de hacerlo y descansar durante un lapso de tiempo. Más aún cuando en 2018 me he comprometido a publicar el tercer ensayo con el que completaré la trilogía "Existencias al unísono" compuesta por La capital del mundo es nosotros. Un paseo multidisciplinar al lugar más poblado del planeta, La razón también tiene sentimientos. El entramado afectivo en el quehacer diario y El triunfo de la inteligencia sobre la fuerza. Una ética del diálogo (ver). Ética política, ética sentimental y ética discursiva para sondear nuestra condición de existencias anudadas a otras existencias. Esperamos verte paseando por aquí en el inicio del nuevo curso académico. A la vuelta, este espacio compartirá una fantástica noticia de la que vosotros, los lectores, formáis indisoluble parte. Hasta entonces. Un abrazo.

martes, agosto 08, 2017

Los conflictos no se resuelven solos, aunque se bastan para estropearlo todo


Obra de Marc Figueras
En la literatura del conflicto existe una máxima que defiende con muy buen criterio que los conflictos nunca se resuelven solos. No es gratuito recordarlo, porque muchos actores deciden precisamente lo contrario y apelan a conductas evitativas, a la dejadez como metodología exitosa. Para ellos la mejor manera de solucionar un conflicto es abandonar los derechos de tutela y dejar que el paso del tiempo conduzca al conflicto hacia su propia disolución. Esperan que con el transcurrir de los días, los meses o los años cambie alguno de los elementos que lo originaron y todo vuelva al cauce de lo que ellos consideran natural. En casos de divergencias inanes (en algunas bibliografías se refieren a este tipo de conflicto como "picaduras de mosquito"),  es saludable no convertir en problema lo que unos minutos después se habrá olvidado o será anecdótico. Otra cosa es calcar esta táctica en incompatibilidades que se presentan con temperatura en ebullición. Desatender un conflicto o cometer la imprudencia de orientar los sensores hacia la dirección contraria al foco de las disensiones en el momento en que lo más idóneo es articularlo trae anexada una consecuencia muy peligrosa. Abdicar de la gestión del conflicto y permitir que se infecte de podredumbre emocional, impulsará una curiosa inercia que lo hará desplazarse velozmente hacia el lugar en el que infligirá más daño y acrecentará su momificación. Sé que el conflicto no posee realidad extramental, que vive en la narración tramada por los actores que lo protagonizan, pero también sé que ese relato despereza sentimientos de exclusión en una de las partes si la otra muestra desinterés por construir una historia común que sustituya satisfactoriamente a la que ha inaugurado la divergencia. Teniendo esto muy presente, no deja de maravillarme la contradicción que supone que un conflicto sea inoperante para solucionarse por sí mismo, pero sea tan resolutivo para agigantarse sin necesidad de que nadie haga nada con él.  

Ante la emergencia de un conflicto podemos desplegar distintas respuestas. Cuando sólo pensamos en la salvaguarda de nuestros intereses sin atender los del otro, competimos. Cuando pensamos en satisfacer nuestros propósitos y también los de nuestro interlocutor para amortiguar así el desacuerdo, colaboramos. La acomodación consiste en darle una mayor estimación a los intereses del otro que a los nuestros. Cuando somos creativos para colmar nuestros intereses y también los de nuestro interlocutor y rastreamos opciones conjuntamente a fin de dar con las mejores, entonces nos comprometemos y cooperamos. Cuando deseamos que todo siga igual y nos resulta indiferente el interés del otro, entramos en la evitación. Sin embargo, la incomparecencia ante un conflicto no significa la volatilidad del conflicto. Si uno no presta atención a un conflicto, ya se encargará él de que cambiemos de opinión. La experiencia insiste en recordarnos que los conflictos nunca se resuelven solos, pero ellos solos se bastan y sobran para multiplicar mágicamente su inhospitalidad y la cantidad de daño con la que arponear a quienes lo ningunearon.

El conflictólogo Deutsch cita tres escenarios distintos ante un conflicto. El conflicto está en la realidad y es percibido, el conflicto está en la realidad y no es percibido y, por último, el conflicto no está en la realidad pero es percibido. Creo que falta un cuarto escenario. El conflicto está en la realidad, es percibido por las partes pero una de ellas se inhibe como parte implicada. Aunque parezca una tautología, el conflicto sólo se soluciona si los implicados desean solucionarlo, lo cual exige como premisa que las dos partes se sientan implicadas. Resulta una perogrullada, pero para resolver un conflicto necesitamos inexorablemente la colaboración de aquel con quien nos ha estallado. Partiendo de esta premisa, un conflicto no se soluciona por más empeño que ponga uno en su resolución, si la otra parte no está por la labor. He escrito solucionarlo y no zanjarlo o terminarlo, que no es lo mismo.

Existe profusa bibliografía en la que se listan qué elementos intervienen en un conflicto. Sintetizando podemos señalar una abigarrada mixtura en la que aparecen las personas que lo protagonizan, las posiciones que mantienen, los intereses que persiguen, los grados de poder que esgrimen, los sentimientos que afloran en la interacción, el tipo de relación, la percepción del problema, los valores personales, los protagonistas secundarios que muchas veces no se ven pero que guardan una incidencia estelar. Creo que un elemento primordial que habría que añadir en la fisonomía del conflicto es el deseo de solucionarlo, y su anverso, el deseo de eternizarlo. En las clases y talleres yo suelo repetir que del mismo modo que dos no riñen si uno no quiere, dos no compatibilizarán jamás la discrepancia si uno de ellos no está dispuesto a ello. El deseo de solucionar el conflicto prologa y posibilita la gestión y la posible resolución del conflicto. Ese deseo se nutre de la salud cívica, el alfabetismo sentimental, la epidérmica conciencia de interdependencia, la cultura del acuerdo, la pedagogía del diálogo, el ideal regulativo de la paz, la sensibilidad ética, el conocimiento del politeísmo de valores personales en la acción humana y por tanto la necesidad de aprender a convivir con la disparidad y la contradicción. Ese deseo no solo ejerce de vanguardia. Ese deseo evita la soledad del conflicto. Y ya sabemos que nada bueno puede ocurrir cuando el conflicto anda por ahí él solo.





martes, agosto 01, 2017

El diálogo no es posible cuando los sentimientos son los únicos argumentos



Obra de Osamu Obi
La práctica deliberativa es radicalmente humana. Aristóteles lo advirtió al constatar que los dioses no abrigan dudas en sus decisiones y los animales viven bajo el irreversible mandato de un instinto que no admite controversia. Sin embargo, los seres humanos somos autónomos, podemos elegir qué hacer y cómo para convertir en acto lo que cobijamos embrionariamente en potencia. Podemos transportar la posibilidad a la realidad. La propiedad humana más reseñable es la posibilidad, que trae anexada la capacidad creadora. Somos creadores porque somos capaces de ver posibilidades, imaginar lo que no existe para hacerlo existir. El ser humano es un ser que elige y en esta singularidad radica nuestra autonomía. Por eso deliberamos, que es el ejercicio creativo destinado a descubrir y barajar opciones; decidimos, actividad consistente en decantarnos por la opción más idónea a costa de sacrificar todas las demás; y actuamos, que es el instante en que la decisión se troca en impulso volitivo, la posibilidad seleccionada se transborda a la acción. Este proceso no es nada fácil cuando se realiza a título individual, pero su complejidad se ensancha sobremanera cuando entran en juego terceras partes. Si hemos de compartir una decisión con alguien que disiente de la que nos gustaría elegir a nosotros, la deliberación puede llegar a ser larga y sinuosa hasta lograr la hazaña discursiva de compatibilizar la discrepancia. Necesitamos dialogar.

Puede ocurrir que en este proceso deliberativo una de las partes implicadas exponga sus sentimientos como los únicos argumentos que respaldan su decisión. «Son mis sentimientos» es una alocución tristemente usual cuando una persona quiere indicar una postura inamovible, una razón que anuncia la muerte del diálogo porque no se puede interpelar. Los argumentos se pueden refutar, pero los sentimientos que no atentan contra los Derechos Humanos se deben respetar. ¿Quiénes somos cualquiera de nosotros para cuestionar esos sentimientos de alguien que no somos nosotros? Se delibera sobre lo que puede ser de otra manera, pero exigir esta máxima a los sentimientos descritos por una persona denota falta de consideración a la persona, arrogarse una ficticia soberanía sobre ella y una severa profanación a su templo afectivo. Entrar sin permiso en ese rincón sagrado para ponerlo en crisis es una apostasía contra la religión del respeto. En La razón también tiene sentimientos (ver) pormenorizo la construcción sentimental. Se puede resumir en que los sentimientos son imbricados conglomerados  de incidencias emocionales, fisiológicas, cognitivas, axiológicas, desiderativas, biográficas. Desde hace unas décadas las industrias del sé tú mismo han uncido a los sentimientos de una  aureola de autenticidad  que no admite la comparecencia de la duda bajo el muy discutible axioma de que el corazón nunca se equivoca. Con estas condiciones preliminares se antoja difícil entablar diálogo alguno con quien enarbola la infalibilidad de los sentimientos. El diálogo es precisamente lo contrario. Buscar mancomunadamente evidencias mejorables que mermen la falibilidad humana.

Quien trae a colación sus sentimientos en mitad de un proceso argumentativo es porque no quiere abordar un diálogo que requiere la exposición de argumentos, no de sentimientos. Los sentimientos están embebidos de argumentos, pero quien cita en bloque su aparataje sentimental lo suele utilizar a modo de proteccionismo argumentativo. Se puede explicar discursivamente la construcción del sentimiento, pero cuando el sentimiento se anuncia solo nominalmente y sin explicación alguna es una fortaleza inexpugnable para cualquier argumento. Su presencia clausura el diálogo llevándolo a un lugar en el que no es posible dialogar. En Ética de la hospitalidad, Daniel Innenarity diagnostica que «cuando no se cultiva la argumentación los seres humanos se atrincheran en la única posición que consideran propia: sus sentimientos ante las cosas. Nuestros sentimientos no son un principio suficiente para hacer respetar nuestra posición, porque no pueden determinar qué es significativo». Si alguien se amuralla en sus sentimientos como único argumento,  la inteligencia no tendrá argumentos que discriminar, no habrá espacio para construir esa intersección que requiere el diálogo en su función de empresa cooperativa. Solo se puede argumentar con el interlocutor que también desgrana argumentos, y los sentimientos no lo son, aunque paradójicamente, y como escribí antes, estén plagados de ellos de un modo velado. Otra cosa muy diferente es que nuestro interlocutor esgrima los argumentos sobre los que se edifican sus sentimientos. Ahí sí se puede deliberar. Ahí sí se puede llevar a cabo la ejercitación de la palabra que se enreda con otras palabras para encontrar la mejor posibilidad que nos podamos llevar a la realidad. Esa posibilidad elegida y compartida la solemos bautizar como solución.



martes, julio 25, 2017

«Soy responsable de mis palabras, no de lo que los demás interpreten con ellas»



Obra de Javier Arizabalo
El primer axioma de la teoría de la comunicación humana de Paul Watzlawick señala que es imposible no comunicar. Creo que la afirmación es más exacta sin canjeamos el verbo comunicar por el de informar. En la comunicación hay intención de trasvasar información, pero en muchas ocasiones transmitimos información de nosotros mismos a los demás sin necesidad de comunicar nada. Al tener valor como mensaje, cualquier minúscula interacción informa de algo de nosotros, aunque si fuéramos más precisos tendríamos que matizar que más que informarles se informan ellos. En esta trashumancia de información el observador mediatiza lo observado y sesga ineluctablemente cualquier conclusión. En su ensayo sobre conducción de disputas y comunicación Marines Suares cita al psicoterapia Bradfor Keenay para explicar que en vez de datos deberíamos hablar de captos por la sencilla razón de que estamos captando la realidad y construyéndola. En esa construcción interviene el dispositivo emocional, la cognición, todo el aparataje sentimental, la rutinización del sistema de creencias, el capital empírico, la irradiación axiológica, la estratificación de valores éticos y personales, la constelación de deseos, la fuerza palpitante de las expectativas, el componente nada desdeñable de la irracionalidad. Kant ya advirtió la diferencia entre la realidad (el incognoscible noúmeno) y lo observado en ella (el fenómeno). Humberto Maturana expresa parecida bifurcación epistemológica cuando habla de realidad entre paréntesis y realidad sin paréntesis. Por mucha distancia analítica que tomemos, cualquiera de nosotros solo percibe la realidad entre paréntesis. La explicación es muy fácil. El paréntesis somos nosotros.

Si aplicamos esta constatación al proceso comunicativo, tenemos que anunciar que los demás, más que escuchar lo que encapsulamos en nuestras palabras, se dedican a interpretarlas. Nuestra realidad es captada por nuestro interlocutor, pero al captarla, la desedimenta y la amolda a sus esquemas autorreferenciales. En este automatizado proceso, el sujeto convierte en objeto nuestras palabras y las poluciona inconscientemente, las  sesga, las evalúa con el mismo criterio que instala su existencia en el mundo de la vida. Aquí radica la explicación de que cualquier crítica revela más del crítico que de lo criticado. Lo cardinal por tanto en la acción comunicativa no es solo lo que decimos, es sobre todo lo que interpretan quienes nos escuchan. Existen dos tesis de alta nocividad que se propagan alegremente en cursos de comunicación y habilidades sociales que entroncan con lo que yo intento explicar aquí. En la primera se pregona que «no es verdadero lo que dice A, sino lo que entiende B». Es una frase muy llamativa, pero es muy difícil aceptarla como cierta. Hacerlo sería admitir el papel periférico del que habla frente al papel estelar del que escucha. Lo que dice A puede ser un enunciado cuya verdad o falsedad se puede demostrar y, sin embargo, lo que entienda B sea algo por completo desconectado de lo que dijo A. Otra cosa muy distinta es defender que «en una acción comunicativa es importante lo que dice A, pero es muchísimo más importante saber lo que entiende B».

La segunda tesis postula que «cuando B interpreta erróneamente un mensaje de A, la responsabilidad es siempre de A». Es una sentencia inicua que condena al hablante por la acción de alguien que no es él. Aun partiendo de la buena voluntad de B a la hora de interpretar el mensaje de A, si el mensaje se distorsiona en su recepción, la responsabilidad siempre es del distorsionador, no del que emite el mensaje. El principio rector de la acción comunicativa ha de responsabilizar a uno del control de lo que afirma, pero no de lo que entiende el otro cuando la idea migra a sus tímpanos. Somos propietarios exclusivos de nuestras palabras, pero no de las conclusiones que alcancen quienes absorben nuestros argumentos. Dándole la vuelta al célebre aforismo de Shakespeare, prefiero ser esclavo de mis palabras que rey de las interpretaciones que hagan los demás de ellas. Aunque se podría añadir una puntualización. Somos responsables de lo que decimos, pero también de lo que el otro entiende, cuando, pudiéndolo llevar a cabo, desatendemos voluntariamente el necesario hábito discursivo de averiguar si existen unos mínimos de concordancia entre lo afirmado y lo interpretado. A pesar de esta saludable prescripción, resulta ineludible aceptar la existencia de un hiato entre nuestras afirmaciones y el significado que tienen para nuestro interlocutor. Nuestra realidad observada o comunicada es, en su pura totalidad, inextricable para el que la observa o para el que la oye. Solo puede acceder a una estimación. Solo puede captar el fenómeno, pero no el noúmeno del que nos hablaba Kant hace doscientos años.

martes, julio 18, 2017

El sentimiento de lo mejor es el mejor de los sentimientos



Obra de Ryo Shiotani
Los valores morales son abstracciones muy difíciles de explicar. No es nada sencillo definir lo justo, lo bueno, lo ejemplar, lo digno. Sin embargo, estos valores abandonan su condición abstracta y se entienden con facilidad cuando se encarnan en acciones concretas llevadas a cabo por individuos concretos. Aristóteles advirtió que las virtudes éticas no se pueden enseñar, pero sí aprender al contemplarlas en las acciones de los demás e incorporarlas como hábitos en la conducta propia. Para que esta transacción se lleve acabo urge la participación afectiva de la admiración. En el íncipit de La virtud en la mirada. Ensayo sobre la admiración moral, Aurelio Arteta define la admiración como «el sentimiento de alegría que brota a la vista de alguna excelencia moral ajena y suscita en su espectador el deseo de emularla». En La capital del mundo es nosotros (ver) le concedí tanta importancia a este sentimiento que recurrí a él para titular el último capítulo: Admirar lo admirable. En La razón también tiene sentimientos (ver), en la sección dedicada a los sentimientos de apertura al otro, de nuevo volví a traerla a colación en el epígrafe Sentir admiración. Estaba persuadido de que la admiración es un sentimiento irrenunciable en la edificación personal, pero también en la configuración del espacio compartido. En el tremendamente crítico con el paisaje social contemporáneo Tantos tontos tópicos, el propio Aurelio Arteta escribe que la admiración, el sentimiento de lo mejor, es también el mejor de los sentimientos. De aquí he extraído el título de este artículo. Si en mis clases y charlas hablo siempre del papel medular de la compasión en las interacciones humanas, no creo que  la admiración posea un estatuto menor. Estamos ante un sentimiento mayúsculo. Su grandeza no corresponde con su promoción. Muchas veces ninguneado, o directamente olvidado, o malinterpretado como envidia, en otras ocasiones confundido con idolatría (admiración excesiva aunque con fundamento superfluo) o con inferioridad, siempre desplazado del podio de los grandes sentimientos.

Aurelio Arteta diferencia admirar de expresiones del lenguaje ordinario como «me gusta», «me encanta», o «me parece interesante». Las dos primeras son habituales en el fragor de las redes sociales, pero admirar se sitúa bastantes peldaños por encima. Admirar es una actividad mucho más activa que la que señalan esos verbos en los que el sujeto puede ser un mero agente pasivo. La admiración es un sentimiento que trae entrañada la mimetización de lo excelente, impele a la acción, a emular al admirado, a aquel que recopila en su comportamiento aquellas conductas que consideramos irrevocables para mejorar nuestra aventura de animales humanos. Para admirar las acciones modélicas hay que saber qué es lo admirable, pero también asumir la polaridad de los valores y ubicar lo denigrante. Debemos evaluar, calibrar, sopesar, indagar, interpretar, pensar, jerarquizar, comparar. Admirar es establecer juicios de valor, conferir un sentido al mundo y beligerar contra la indistinción. Sucede que juzgar como práctica está muy desacreditada en bloque. La abstención de juzgar es plausible cuando la carencia de información raquitiza o estupidiza nuestros posibles juicios y los convierte en prejuicios, pero juzgar para evitar la desjerarquización de la conducta humana es un ejercicio que nos permite segregar lo encomiable de lo execrable, lo notable de lo repudiable, lo empobrecedor de lo multiplicador,  la vileza de la nobleza, lo excelente de lo pésimo, lo plenificante de lo esclavizante, la bondad de la maldad, lo digno de lo indigno, lo justo de lo injusto. Deslindar estos territorios parece una labor que solicita años de estudio e investigación, pero, como le leí a Innenarity, la costumbre ayuda más a discernir cuestiones morales que cualquier tratado de ética.

Un mal entendido igualitarismo nos ha hecho creer que todos somos iguales y por lo tanto también el valor de nuestras acciones, pero no es cierto. Somos, o deberíamos ser, iguales en dignidad y derechos, pero no necesariamente esa igualdad ciudadana nos calca en virtudes. Aplaudir y encomiar al que las practica no trae adjuntada ninguna desigualdad jurídica, lo que trae es un beneficio social incalculable. Conexada con la admiración está el buen ejemplo, el mejor proveedor de buenos valores. Hanna Harent explicaba que «los seres humanos decidimos nuestras nociones de lo bueno y lo malo en la selección de las compañías con las que desearíamos pasar la vida y de los ejemplos que nos aleccionan». En los textos educativos se cita permanentemente lo nuclear del ejemplo en el aprendizaje, pero con frecuencia se omiten ciertos presupuestos necesarios para que el ejemplo no pierda fecundidad pedagógica. Es cierto que todos los ejemplos ejemplifican, pero no todos ellos son ejemplarizantes. El ejemplo para convertirse en valioso instrumento de imitación necesita la ejemplaridad, una conducta que, en palabras de Javier Gomá, progenitor del término ejemplaridad pública y autor de una tetralogía dedicada a su estudio, puede formularse en un imperativo: «que tu ejemplo produzca en los demás una influencia civilizadora». Hace ya unos cuantos años yo escribí que el ejemplo es el único discurso que no necesita palabras. Tiempo después maticé que sin embargo sí se necesita saber qué palabras ejemplarizantes se quieren ejemplificar. Ahora añado que esta tecnología milenaria además requiere para su máximo aprovechamiento la mirada cómplice y asombrada del que contempla la acción ejemplar. Sin admiración la ejemplaridad queda mutilada de valor  para el que mira. Mira, pero no admira. Ve, pero no emula.  Observa, pero no hace.  Ojalá nunca estemos tan desentrenados del uso cívico,  o suframos la atrofia de la admiración, o  la colonización de la indiferencia, que nos ofusquemos para desemparejar lo admirable de lo miserable. Si nos desorienta algo tan antagónico, difícilmente distinguiremos entre lo bueno y lo mejor.



martes, julio 11, 2017

Aporofobia: aversión y rechazo al pobre por ser pobre



Obra de Cornelius Volker
Estos días estoy leyendo el ensayo Aporofobia, el rechazo al pobre (Paidós, 2017) de Adela Cortina. Aporofobia es el término con el que se describe el desprecio a las personas en situación de pobreza. Es un concepto acuñado por la propia Adela Cortina hace dos décadas. Mi mejor amigo y yo nos topamos con él en uno de sus artículos de aquellos días. Recuerdo que hablamos mucho al respecto y desde entonces esa palabra forma parte de nuestro vocabulario cotidiano. Aporofobia proviene del término griego áporos, sin recursos, y gracias a esta reciente palabra podemos referirnos a la animadversión que se vierte hacia una persona exclusivamente por el hecho de ser pobre. El ejemplo de la inmigración es paradigmático. Se rechaza al inmigrante pobre, pero incluso se sugiere cambiar la legislación del país receptor para que se instale a su conveniencia el inmigrante rico. En realidad, como señala Cortina, es repulsión al que está en una situación de debilidad, cruel estigmatización de los peor situados. El pobre se convierte así en abyecto objeto de repudio (que no sujeto, en tanto que no se le reconoce dignidad). Creo que también se podría tachar de aporofobia el denigrante discurso que vincula la pobreza no a una consecuencia económica y política de la escandalosamente desigual distribución de los recursos, sino a un fracaso personal, al demérito o a la escasez de esfuerzo y su subsiguiente ausencia de premio. Es el colmo de la pobreza y el cinismo de la riqueza: el pobre además de ser pobre es culpable de serlo. Se antoja harto difícil erradicar la pobreza del espacio compartido cuando un elevado número de los que comparten ese espacio creen que quien la padece es porque se la merece. Esta visión despolitiza el problema social de la pobreza y lo relega a asunto privado. Imposible así establecer escenarios de diálogo y deliberación en torno a la génesis de las tremebundas desigualdades económicas.

Se suele definir la pobreza como la incapacidad de establecer unos mínimos elementales para la protección y el cuidado de la existencia material. Esta afirmación es irrefutable, pero presenta una lectura muy reduccionista. En Sentimentalismo tóxico,  de Theodore Dalrumple,  se especifica  la pobreza como la situación en la que una persona recibe unos ingresos inferiores al sesenta por ciento de la renta media. Luego explica qué consecuencias trae adosada una pobreza crónica: menos esperanza de vida, mayor frecuencia de enfermedades, dolores y discapacidades sin acceso a un tratamiento, trabajo continuo y monótono que solo sirve para sobrevivir en pésimas condiciones, ansiedad e inseguridad sobre el futuro. La situación de pobreza  ratifica el Principio Mateo: «al que más tiene, más se le dará, y al que tiene poco, hasta lo poco que tiene se le quitará». La usurpación más severa de la penuria viene a continuación. Adela Cortina cita al Premio Nobel de Economía Amartya Sen para presentar la pobreza en su dolorosa totalidad: «la pobreza es falta de libertad, imposibilidad de llevar a cabo los planes de vida que una persona tenga razones para valorar».  La ausencia de recursos básicos provoca disturbios en todos los flancos de la experiencia humana, pero sobre todo en la construcción de un horizonte vital. La pérdida de lo más primario de la soberanía individual expulsa ferozmente del léxico la palabra proyecto. La pobreza y sus contemporáneos vecinos (la precariedad, la inestabilidad, la incertidumbre, la volubilidad, la indefensión, la pobreza salarial) desdibujan el presente poco a poco, pero su verdadera víctima es la desintegración de cualquier idea de futuro.

En Temas básicos de ética, Xabier Etxeberría ofrece una afirmación similar: «En la pobreza no hay más proyecto de autorrealización que el de sobrevivir». En La felicidad paradójica, Guilles Lipovetsky explica muy bien cómo la pobreza no es solo la insuficiencia de recursos económicos, sino vivir sumido en la carencia de autonomía y proyectos. Dicho con el vocabulario de la filosofía moral. Si no hay unos mínimos (condiciones y bienes materiales) que garanticen la supervivencia, no puede haber ningún máximo (proyectos personales de autonomía). El artículo 22 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos intuye esta condición y la convierte en derecho: «Toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a la seguridad social, y a obtener, mediante el esfuerzo nacional y la cooperación internacional y en conformidad con la organización y los recursos de cada Estado, la satisfacción de los derechos económicos, sociales y culturales, indispensables para su dignidad y para el libre desarrollo de su personalidad». Hace poco un muy amable lector de La capital del mundo es nosotros me comentó que lo que más le había gustado del libro es cómo se transparentaba que sin un mínimo de recursos es inalcanzable la autonomía de cualquier sujeto. Ser pobre no es morirte de hambre, es que el proyecto en el que uno encarna su dignidad está muerto. 

martes, julio 04, 2017

Cuidar y ser cuidado



Obra de Javier Arizabalo
Cuidar y ser cuidado es un hecho consustancial a nuestra condición de seres que necesitamos a los demás para vivir una vida significativa. Nuestra debilidad es tan omnímoda que no nos valemos por nosotros mismos para prácticamente nada. Platón lo advirtió y en La República es tajante cuando escribe que «ninguno de nosotros se basta a sí mismo». Cualquiera que esté leyendo ahora este texto, además de provenir del cuerpo de otra persona, ha sido cuidado de manera explícita a lo largo de unos cuantos decisivos lustros, y de manera implícita todos los días hasta hoy. Somos seres tan sociales que no existe una realidad alternativa que contraponer a la sociabilidad. Nuestra indisoluble interdependencia hace que el cuidado forme parte intrínseca de cada uno de nosotros y se erija en la bóveda de clave de nuestra irrenunciable condición de existencias al unísono. Existir es una tarea muy compleja que exige tiempo completo, pero esa tarea quedaría muy destartalada, o se clausuraría en breve, sin el cuidado y el apoyo de los demás. Cuidarnos los unos a los otros es el sedimento natural de haber nacido, la evidencia de que no somos individuos insulares. El cuidado es la ayuda destinada a paliar las necesidades del otro sin que haya transacción económica de por medio. Esta apreciación es cardinal y la distingo de la profesionalización de los cuidados dirigidos a niños, ancianos y enfermos cuando esta cronófaga labor rebasa nuestras posibilidades. Cuidamos a aquellos con los que nos une el afecto y el afecto emana entre quienes nos cuidamos. Me atrevo a aventurar que cuidado y afecto son dimensiones gemelas. Como afortunadamente el afecto está blindado a la monetarización, el cuidado se ha invisibilizado como práctica social (realizada mayoritariamente por mujeres y minusvalorada secularmente por la mirada androcéntrica). También se ha opacado su gigantesca centralidad en el paisaje comunitario. Sin la constelación de los cuidados la vida tal y como la entendemos ahora sería impensable.

Se ha instalado un tropismo psicológico que conceptúa el cuidado como la asistencia al otro en exclusivos episodios de adversidad. El cuidado se relee como una fuerza de oposición a los sinsabores con los que la vida desordena nuestros propósitos o el itinerario pronosticado para nuestra biografía. Se entiende así que solamos emparejarlo con apaciguar los contratiempos más lóbregos con los que la vida ostenta jerarquía sobre nuestra existencia. Cuidamos al otro o nos cuidan a nosotros cuando una enfermedad sitia el organismo, cuando se avería alguna parte del cuerpo que interrumpe la autonomía, cuando la carne anciana convoca a la decrepitud o a la finitud, cuando nos vemos rodeados por la precariedad y la indefensión, cuando algo o alguien nos magulla el alma, cuando la reiterada violación de expectativas nos despierta peligrosísima astenia existencial. Sintetizando. El cuidado es el encargado de mitigar la miserias con las que ineluctablemente la vida ensucia o ensuciará nuestra estancia en el mundo. Me atrevería a decir que es sobre todo un suministrador de tranquilidad, el tesoro más preciado por cualquier ser vivo con capacidad de hacer predicciones.

Esta orientación unidireccional del cuidar escamotea las experiencias del gozo y el disfrute, aparta cualquier vestigio de alegría entre las tareas del cuidado. Existe una expresión coloquial que a mí me hace mucha gracia y que confirma esta unidimensionalidad: «Si te encuentras mal, sabes que puedes contar conmigo». Ante una invitación así, yo suelo responder: «Y si me encuentro bien, ¿también puedo contar contigo?». El matiz no es ocioso. Muchas personas sólo prestan cuidado para amortiguar la tristeza, pero lo repliegan para la alegría. Acuden a sedar la desgracia, pero no a propiciar la gracia. El sentimiento de la compasión nos enseña a diario que compartir la pena diezma la pena, pero compartir la alegría multiplica la alegría. El cuidado también es participar o hacer partícipe al otro de esta prodigiosa multiplicación. Iré más lejos todavía.  En el ensayo La capital del mundo es nosotros (ver) postulo que «cuidar al otro es hacerle poseedor de los Derechos Humanos, prestarle atención, expresar afecto, recepcionar su cariño y devolvérselo, establecer estructuras de equidad, compartir, hablar, hacer, reír, llorar, jugar, degustarse, mejorarse, ampliarse, compadecerse, ayudarse, solidarizarse, respetarse, considerarse, reconocerse, dignificarse». Se pueden añadir más verbos. Todos relacionados con la experiencia del goce y la conservación de la tranquilidad, todos vinculados con el ideal de vida que nos gustaría vivir. No hay mayor cuidado posible.

martes, junio 27, 2017

«Consideración, reconocimiento, amor», ahí está todo



Obra de Peter Blake
Con motivo de mi último artículo Humillar es humillarse (ver), contestaba a una lectora recordando que el antónimo de la humillación es la consideración. Es muy fácil explicar en qué consiste la consideración. Se trata del interés y el valor positivo que toda persona se concede a sí misma. Paralelamente ser considerado con alguien estriba en prodigarle ese valor en el marco de nuestras interacciones tanto directas o indirectas con él. Muchas veces la consideración se reduce a algo tan simple y a la vez tan complejo como prestar atención al otro, que nuestra mirada se pose en él y nuestras palabras se enreden inteligible y respetuosamente con las suyas. ¿Qué ha de poseer el otro para que le aprovisionemos de consideración? La respuesta es mecánica y simple: nada. El otro es un equivalente de nosotros mismos y un aliado en la aventura siempre en tránsito de humanizarnos. El hecho de ser un ser humano es requisito suficiente para ser tratado con consideración. Ser un ser humano lo dota de valor, y al ser valioso es digno, y al ser digno posee dignidad (el derecho a poseer derechos), y esa posesión de dignidad nos acarrea a los demás el deber de tratarlo con consideración. También ocurre a la inversa. Nuestra condición de personas nos amerita a que a nosotros nos traten del mismo modo. Adam Smith postulaba que «aspiramos a que nos observen, se ocupen de nosotros, nos presten atención con simpatía, satisfacción y aprobación. Que nos tomen en consideración es la esperanza más amable y a la vez el deseo más ardiente de la naturaleza humana». Cuando alguien me trata con consideración percibo el valor que ostento como individuo que soy.
 
Schiller escribió que el amor y el hambre dirigen el mundo. El hambre nos puede convertir en un competidor feroz en la sabana social, pero la necesidad de amor avala el deseo de encontrarnos con el otro. El amor testifica la sociabilidad. En su ensayo La vida en común, Tzvetan Todorov aclara que donde Schiller utiliza la palabra amor como una de las dos grandes palancas motivadoras de las acciones humanas, Rousseau habla de consideración, Hegel de reconocimiento y Adam Smith de atención.  En mi ensayo La razón también tiene sentimientos (ver) hablo de afecto, o de cariño, palabra sinónima que me gusta mucho pero que vive desterrada del vocabulario académico, y que yo defino como el nexo afectivo que anuda a dos corazones que sienten una afinidad y una aprobación recíprocas que los conecta con lo mejor de sí mismos para cuidarse, y que en su cénit llamamos amor. En ese nexo se estiman los valores que nos singularizan, las actividades, los propósitos, los ideales, las cosmovisiones, la forma de instalar la existencia en la vida. Mendigamos cariño y afecto de manera omnipresente, y todas nuestras acciones se subordinan en última instancia a que nos sigan queriendo los que nos quieren, y que nos quieran también aquellas nuevas personas con las que nos cruza la vida y que nos encantaría sumar al cupo de seres queridos. Todos somos solicitantes y surtidores de afecto, agentes y pacientes de cariño, cazadores recolectores pero también suministradores de consideración y reconocimiento. Buscamos la mirada aprobatoria, queremos que nos quieran, y para eso intentamos construirnos como sujetos valiosos.

Tanto la consideración que nos merecemos como el afecto que perseguimos están siendo suplidos cada vez más por el deseo febril de un reconocimiento que sin embargo difiere de ambas magnitudes. El reconocimiento confirma nuestro valor en la urdimbre social (reconocimiento de distinción, según Todorov, éxito, según la vaporosa terminología coloquial), pero apenas vincula con el afecto ni con la consideración. Hace poco mi mejor amigo me confesaba que «yo no quiero reconocimiento, yo quiero cariño». En las presentaciones de mis libros yo siempre afirmo públicamente que podría esbozar teorías muy filosóficas de por qué escribo, pero que en el fondo lo hago para algo tan sencillo pero tan relevante como que me quieran. Mientras que el reconocimiento pertenece al dominio público y se distribuye a través del estatus y la reputación (que la imaginación capitalista ha ligado a la división del empleo y a la pluralidad de ingresos que proporciona), el afecto opera en la esfera privada y su adquisición no proviene del trabajo remunerado, sino de valores inmateriales elicitados por el comportamiento: la bondad, la generosidad, la humildad, la ternura, el afecto, el cuidado, la preocupación, la gratitud, el respeto. Utilizando la célebre dicotomía de Erich Fromm, el reconocimiento vincula con el tener, el cariño conexa con el ser. Si confundimos reconocimiento con consideración, o reemplazamos el afecto por el reconocimiento, las acciones no venales perderían centralidad. Se privilegiarían los valores que son mercancía para el intercambio económico (bienes, servicios, propiedades, titulación, capacidad adquisitiva para el consumo). El credo económico habría logrado virar nuestro psiquismo hacia lo que lo perpetúa y ensalza. Un triunfo de la lógica económica. Una derrota de la vida afectiva.

martes, junio 20, 2017

Humillar es humillarse



Obra de Mike Dargas
Una humillación es todo curso de acción verbal o no verbal que se despliega para negar o miniaturizar la dignidad de una persona. Etimológicamente el término proviene del latín humilitas, que a su vez deriva de la raíz humus, tierra. En griego significa pequeño. De aquí proceden palabras tan antagónicas como humildad y humillar. Mientras que la humildad es actuar bajo el recordatorio de nuestra precariedad (la fatalidad humana de no valernos por nosotros mismos para prácticamente nada), humillar es ponerla sin su consentimiento a la vista de un tercero. Si la demostración de esa insuficiencia y esa pequeñez es voluntaria hablamos de la virtud de la humildad, pero si es forzada por otro, hablamos de un acto de humillación. La humillación trata de abatir o menoscabar la dignidad ajena para provocar daño. Es relevante señalar su finalidad, porque el que no desea hacer daño rápidamente descarta la humillación como marco discursivo.

Aunque se confunden con increíble regularidad, no es lo mismo criticar la conducta de una persona que humillarla. Una objeción educada sobre un comportamiento para enmendarlo no tiene nada que ver con avergonzar o zaherir deliberadamente al sujeto que lo ha llevado a cabo. A veces ese deseo de herir puede ser tan mayúsculo que la humillación ya no busca empequeñecer la dignidad, sino abolirla, desahuciar al humillado de su valor como persona. Nos hallamos en el instante en que se alcanza la apoteosis del daño. Nada duele tanto como que un semejante nos hurte o nos cuestione aquello que subraya nuestra pertenencia a la humanidad. La violencia en su sentido canónico es exactamente lograr este dolor en el otro. En mi ensayo La razón también tiene sentimientos. El entramado afectivo en el quehacer diario (ver) dedico un epígrafe a explicar lo fácil que le resulta a un predador privar de dignidad a su presa en contextos en los que las personas tienen muy cercenada la posibilidad de elegir. Es muy sencillo humillar a alguien porque los seres humanos somos horriblemente precarios y vulnerables. El itinerario de la humillación puede ser muy variado en sus primeros jalones, pero su destino siempre anhela coronar el mismo pudridero: desarbolar la dignidad del señalado y tratarlo como si no la tuviera. Aquí descansa la violencia y sus disimilitudes instrumentales con el uso de la fuerza. La dignidad como valor es patrimonio de todos las personas, y sólo cuando nos maltratan con violencia sentimos como esa dignidad que nos engala como seres humanos nos la arrancan a jirones.

Todos los estudios señalan que sentirnos humillados es la sacudida sentimental más intensa que puede originarse en el entramado afectivo. Dependiendo de la coyuntura, suministra a su vez sentimientos como la furia, la indignación, la vergüenza, la frustración, el odio, la venganza. La humillación es tan insistente en su dolor que puede volverse misteriosamente táctil, un alien cuyas pisadas notamos mientras deambula por nuestras entrañas. Al exponer ostentosamente la pequeñez y la insuficiencia en el otro, o al provocarla usurpando cualquier opción de autorrealización y elección, la estamos subrayando asimismo en nosotros. La humillación nos recuerda nuestra propia fragilidad, de qué está hecha la textura humana. A veces la humillación trae en el anverso el deseo de pavonearnos, o estilizar la propia imagen devaluando la del humillado, lo que explica que la soberbia y la estulticia comparten inmediata vecindad. No requiere esfuerzo alguno señalar el parentesco entre la desmesura del ego y la necedad en un episodio de humillación. Dañar la dignidad de una persona es depreciar la dignidad como ese valor inalienable que nos hemos brindado los seres humanos por el hecho de serlo. Aunque muchos lo ignoran, este valor está al margen del valor de nuestra conducta. Si uno profana la dignidad en un congénere, la está profanando en todos los que habitan la superficie del globo. Incluido él.


martes, junio 13, 2017

Sin concordia no hay diálogo posible



Obra de Michele del Campo
A mí me gusta señalar que en toda la historia de la humanidad no hay ni un solo caso en el que alguien se haya alegrado de tener que abordar un conflicto. Más bien ocurre al contrario. Nuestro entramado afectivo nos suministra un lote de sentimientos que conexan con el miedo, la tristeza o el enfado, o con estas tres evaluaciones afectivas simultáneamente. Una definición plausible de conflicto es aquella que lo señala como una confrontación entre personas con objetivos incompatibles que obturan la conquista plena de los intereses de ambos. Su articulación consiste en armonizar esa diferencia. Los conflictos suelen provocar elevada desestabilización si son de alta intensidad y se desatan en situaciones de dependencia mutua. Aquí reside la centralidad de una actitud asertiva para defender parte de nuestros intereses, pero también una actitud de cooperación para lograr la colaboración del otro. En las clases y en los talleres suelo recordar la arrinconada obviedad  de que en la gestión de un conflicto la posible solución es una empresa cooperativa. Del mismo modo que dos no riñen si uno no quiere, dos no solucionan un conflicto si uno de ellos no está por la labor. Sin cooperación no hay solución.

Toda colaboración interpersonal necesita la participación del diálogo. Si la inteligencia se supraordina a la utilización de la fuerza y el daño en un episodio en el que hay que conciliar la disensión, entonces hablamos de diálogo. En el diálogo aparece la palabra, que posee el patrimonio exclusivo de la solución de un conflicto. Los conflictos se pueden terminar de muchas maneras, pero solo se solucionan dialogando. En Ética cordial, Adela Cortina defiende precisamente que en una ética cívica hay una consideración dialógica de los afectados por las normas que se deciden. En el diálogo nos preocupamos por satisfacer porcentajes de nuestro interés, pero también por los de la contraparte. Para un cometido así tenemos que tener siempre presente el capital axiológico de nuestro interlocutor, y solo el diálogo está en disposición de realizar esta excavación sentimental. El diálogo por lo tanto es la herramienta discursiva para armonizar la divergencia, la pluralidad, los antagonismos, pero para ser bien utilizada necesita indefectiblemente un proceder ético. 

Marines Suares comenta en una de sus obras que «el diálogo siempre implica una intención de los participantes de involucrarse en un proceso de comprensión mutua, para lo cual deben intentar compartir los significados que les otorgan a los significantes». Este punto es cenital y vincula con la sentimentalización de la interrelación y la necesidad de una hospitalidad discursiva. La definición más hermosa que he leído de diálogo corresponde a Eugenio D'Ors. El diálogo son las nupcias entre el intelecto y la concordia. Cuando dialogamos para hallar una solución compartida que beneficie a todas las partes en conflicto, apartamos las emociones incendiarias y nos pertrechamos de inteligencia (elegir entre opciones), pero también de concordia, que es una forma afectiva de instalarlos en el mundo y en las interacciones con otros sujetos. Como la palabra "acorde" proviene de cor, cordis (corazón), me aventuro a postular que la concordia (que deriva del mismo término) es la música que emana de los corazones que buscan la coincidencia de un acuerdo evitando hacerse daño en el proceso. La concordia en el diálogo lo subvierte todo. No se está en contra del otro, sino con él, para juntos encontrar cómo compatibilizar la discrepancia. Es obvio que sin concordia se disparan las tasas de mortandad del diálogo, aunque yo soy mucho más radical. Defiendo que es imposible que el diálogo nazca.

martes, junio 06, 2017

La generosidad y la gratitud, islas en mitad del océano económico



Obra de Borja Bonafuente
La generosidad es la vitrina en la que colocamos el cuidado al otro como elemento esencial de nuestra condición de existencias al unísono. Su destino siempre es alguien ajeno a nosotros. Emerge cuando voluntariamente elegimos la ayuda al otro incluso por encima de nuestro propio interés. La generosidad y el altruismo mantienen lazos de consanguinidad, pero también alguna disimilitud. Somos generosos con aquellos con los que nos une el cariño y el amor, y somos altruistas con las alteridades exentas de irradiación afectiva salvo la de pertenencia al género humano. Aunque se suele afirmar, y el diccionario de la RAE así lo atestigua, que en la generosidad no se espera devolución alguna, la afirmación no es del todo exacta. No se anhela rentabilizar la acción, pero el anfitrión espera gratitud. Este deseo de gratitud se basa en la pulsión de reciprocidad injerta en nuestra herencia genética. La generosidad del que no puede devolver el favor de la misma manera se llama gratitud. Es un sentimiento compensatorio hacia el que nos ayuda, la manera de apreciar y reconocer el apoyo recibido. Uno se siente en deuda con la persona que ha colaborado con él dadivosamente, y la recompensa consiste en agradecérselo. Precisamente uno de los comportamientos más lacerantes en los ires y venires del redil humano radica en la ausencia de agradecimiento. La ingratitud provoca en el entramado afectivo uno de los dolores más díscolos de sanar.

La generosidad solo se puede agradecer. El dinero como recurso intercambiable con un papel estelar en las prácticas consumistas desaparece de la lógica de este escenario. Dar las gracias y actuar bajo su tutela es la única moneda de cambio por ser el beneficiario de una aportación para poder coronar algún interés que unilateralmente resultaba inconquistable. La generosidad de una persona y la gratitud de otra por recibirla dinamitan la percepción economicista de la vida. En un mundo que ha mercantilizado la realidad y nos ha alfabetizado en las transacciones económicas como marco en el que se despliega la oferta con el que el otro puede satisfacer su necesidad, resulta casi sedicente que alguien ejecute una acción a favor de un tercero y sea refractario a solicitar por ello un pago económico. En la generosidad hay una admirable abdicación monetaria. Esta disidencia al totalitarismo del dinero y a la ubicuidad del desempeño lucrativo es una ilustrativa forma de explicar en qué consiste el afecto. Sé muy bien de lo que hablo. Tengo la suerte de que mi vida está rodeada de unas cuantas personas que son la encarnación paradigmática de la generosidad.
 
Al igual que otras muchas virtudes, la generosidad testimonia que el círculo de la convivencia íntima opera con valores muy diferentes e incluso a veces antagónicos a los del círculo del mercado. Sin embargo, la actividad económica se ha erigido en la rectora de la vida humana y en la prescriptora de cómo debemos conducirnos en la urdimbre social: socialización competitiva, disolución de la idea de comunidad y bien común, motivación exclusivamente monetaria, acepción unidimensional de la utilidad, idolatría material, consumo adquisitivo como sinonimia de la felicidad. Más todavía. Si el acto generoso se quiere devolver cuantificado en un precio, la generosidad cavaría su propia tumba y, por pura coexistencia, la gratitud le acompañaría en su defunción. Hay generosidad y gratitud allí donde la realidad económica y el desembolso monetizado han sido desalojados como forma de entender la interacción. Si el afán de lucro asoma en la escena, la escena mutaría y la generosidad se convertiría en una mera estructura cosmética en medio de una relación mercantilizada. Nos infiltraríamos en la dialéctica del acreedor y el deudor de la esfera de las finanzas, vínculos contractuales con el capital como eje articulador. Pero la aventura humana abraza varias esferas más que la meramente mercantil, aunque la pulsión absolutista del mercado insista empecinadamente en homologarlas a la suya. El amor, como epítome de las virtudes que es capaz de albergar el ser humano, es su mayor enemigo. El contrapoder del poder que solo atiende al tintineo de las monedas.

viernes, junio 02, 2017

¿En qué consiste la trilogía "Existencias al unísono'?

Hace unas semanas me entrevistaron en Diario de Mediación para explicar en qué consisten los tres ensayos que he agrupado bajo el título de “Existencias al unísono” (La capital del mundo es nosotros, La razón también tiene sentimientos, y El triunfo de la inteligencia sobre la fuerza, que escribiré en 2018). Se trata de un análisis de las interacciones humanas desde tres dimensiones claramente conectadas: la social, la sentimental y la discursiva. Adelanto que la mayoría de mis contestaciones arrancan con un sincero «no sé». Sólo a la última pregunta respondo con total conocimiento de causa. Aquí va.

martes, mayo 30, 2017

Elegir bien es el centro de gravedad permanente



Obra de Mary Jane Ansell
Cuando se habla de valores rara vez se cita la prioridad de saber elegir bien. Probablemente su omisión se deba a que se trata de una redundancia o una superposición léxica. Los valores en su acepción coloquial ya traen implícitamente una buena elección del extenso y polifónico repertorio de posibilidades que abraza la acción humana. Elegir bien es tener afinada la capacidad de valorar, de optar, de dirimir, de emitir juicios de valor tras auscultar nuestra instalación en el mundo. Los valores son el resultado de discernir entre lo conveniente y lo que no lo es, entre lo loable y lo objetable, y poseer valores consiste en que nuestra conducta se decante por lo primero y se aparte de lo segundo. La palabra inteligencia sintetiza a la perfección esta iluminadora experiencia. Inteligencia proviene del término latino intelligencia, que a su vez deriva de intelligere, vocablo en el que se funden las palabras intus (entre) y legere (leer, escoger). Inteligente es el que escoge entre varias opciones la más idónea según sus posibilidades y las demandas del contexto. Es muy fácil elegir acertadamente entre lo bueno y lo malo, pero es muy difícil elegir entre lo bueno y lo que es mejor.  Como somos existencias al unísono y no existencias insularizadas, como compartimos agrupadamente el espacio y los recursos, en la elección es nuclear tener presente al otro para que ese mismo espacio y la relación con nuestros semejantes y el resto de seres vivos no se depauperice. Inteligente sería por tanto aquel que elige aquella opción que más le conviene sin poner en peligro que los demás puedan elegir también la que más les convenga a ellos. Sin proponérmelo acabo de explicar qué es la ética (la incursión de los demás en nuestras deliberaciones y en nuestras acciones). 

Elegir bien no es fácil. La retórica de las industrias que fabrican opinión y la comunicación publicitaria estimulan la adquisición de objetos y experiencias como elementos estelares que resaltan la distinción, el valor cotizable en la pirámide social, la afirmación de la autoestima, el acceso a la plenitud y a la felicidad. Por supuesto esos objetos y esas experiencias sólo obtienen validación si pueden ser mercantilizados y rentabilizados como artículos de consumo por el cosmos corporativo. El ser de las corporaciones requiere el tener de las personas, pero en una relación simbiótica el tener de las personas contrae el ser que son. He aquí el bucle devorador. El mercado como estructura que ha homogeneizado todos los círculos de la realidad ofrece frondosidad de medios, pero genera una preocupante desertización de fines que vayan más allá de la maximización de la cuenta de resultados. Para paliar esta deficiencia se necesita una rehabilitación de propósitos que sobrepasen la obsesiva rentabilidad monetaria y que se alisten con los de la afectividad humana. Como especie que habita una enorme roca colgada del universo no nos queda más remedio que elegir. Frente al discurso dominante de la competitividad y el axioma que defiende que el acérrimo egoísmo personal produce el bien común, podemos contraponer el afecto, la bondad, la generosidad, los cuidados, la atención, la ternura, el cariño, la ayuda mutua, todo el elenco de esos sentimientos que cuando no los percibimos en una persona la motejamos de inhumana. Intuyo que cada vez son más los que anhelan subvertir la actual estratificación de valores. Un feliz botón de muestra. El hecho de que el texto que escribí hace unas semanas sobre la bondad (La bondad es el punto más elevado de la inteligenciaver-) roce el millón de visitas (cuando el promedio es infinitamente más bajo) patentiza el hartazgo de la lógica del mercado y el deseo de un estilo de vida más afín con nuestra condición de seres interdependientes. Urge preguntarnos para qué y a cambio de qué esta perpetua optimización del rédito económico que se ha erigido en la teleología de la vida humana. Urge elegir qué sentido mancomunado queremos darle a la experiencia de vivir.

En las presentaciones de La razón también tiene sentimientos. El entramado afectivo en el quehacer diario (ver), construyo una larga ilación que explica holísticamente todo el proceso de la afectividad. Para saber elegir bien hay que pensar bien, que es fundamental para despertar sentimientos de apertura al otro, lo que a su vez nos hace desear bien, prólogo para elegir bien, que es la base para vivir y convivir bien, primordial para pensar crítica y autónomamente. De las interlocuciones de este conglomerado reticular surge el valor que le damos a lo que hacemos, y ese valor adherido a otros valores da como resultado una mirada paisajística que otorga el sentido que conferimos a vivir. Los valores son un marco de referencia de aquello que consideramos valioso para la convivencia (ética de mínimos), pero también la estrella polar que aprovisiona de sentido privado la tarea de singularizarnos (ética de máximos). Quizá ahora se entienda mejor la popular canción de mi admirado Battiato en la que en su adhesivo estribillo confesaba buscar «un centro de gravedad permanente, que no varíe lo que ahora pienso de las cosas,de la gente, yo necesito un centro de gravedad permanente». Buscaba un sentido, que es la consecuencia última de elegir. San Agustín acuñó el celebérrimo «ama y haz lo que quieras». Amar aquí conexa con el cuidado del otro, de tal forma que si nuestro propósito es cuidar a los demás podemos hacer lo que queramos porque nadie sufrirá daño con nuestras acciones. Como los seres humanos albergamos la capacidad de elegir qué sentido le queremos brindar a nuestra vida, que es la elección que saca más brillo a nuestra autonomía, podemos parafrasear al obispo de Hipona. Elige bien y haz lo que quieras.

martes, mayo 23, 2017

Libertad, qué hermosa eres y qué mal te entendemos

Obra de Bronwyn Hill
Existe mucha desorientación cuando hablamos de la libertad. En los cursos suelo recordar una maravillosa definición de Octavio Paz, quizá la más lacónica aunque más precisa que he leído. El Premio Nobel de Literatura escribió que «la libertad consiste en elegir entre dos monosílabos, sí y no». Recuerdo que hace unos años cometí la procacidad de matizar esta afirmación. Agregué un tercer monosílabo, concretamente su negación. La nueva definición quedó formulada de la siguiente manera: «La libertad consiste en elegir entre dos monosílabos y la negación de un tercero: sí, no y no sé». La incursión de esta tercera variante es muy sencilla. Muchas acciones las realizamos ignorando qué motivos últimos nos hicieron elegirlas. Nos decantamos por unas decisiones en vez de por otras análogamente válidas y nuestra explicación más sólida es encogernos de hombros. Esto no significa que no hayamos deliberado sobre el motivo, o que no hayamos rastreado lo que nos impulsó a esa elección. Significa que no lo hemos encontrado.

Solemos citar la libertad como valor supremo. Olvidamos con preocupante facilidad que esta consideración nos metería en problemas irresolubles, puesto que ningún otro valor podría objetar su despliegue. Si alguien entiende la libertad como hacer lo que le dé la gana y coloca este valor por encima de valores compartidos, la convivencia se tornaría en muy poco tiempo en un lugar muy desagradable. Voy a compartir aquí mi definición de libertad que conexa con la anterior expresión coloquial: «Libertad es la capacidad de no hacer lo que te dé la gana aunque pudieras hacerlo». No lo haces porque desobedeces tus propios deseos, el instante más notorio de la libertad. Transgredir unos deseos implica simbióticamente acatar otros. Saber elegir bien cuáles mejoran y cuáles empeoran la aventura de haber nacido en una comunidad reticular es lo más relevante que uno puede aprender en la vida. Muchos coligen que colmar la instantaneidad del deseo es la más efervescente expresión de la experiencia de libertad, cuando se trata de un acto que delata mucha sumisión. A los corifeos que promulgan que el deseo se satisfaga sin más dilación si irrumpe en nuestra vida, yo jamás les he oído la matización de si ese deseo ha de ser deseable o no. Existen muchos deseos que por el bien de todos es mejor que nadie los cumpla. Los grandes filósofos éticos han intentado dar con la piedra filosofal en la que el deseo se alinee con lo deseable, es decir, con aquellas conductas que nos plenifiquen y simultáneamente permitan la creación de espacios que plenifiquen a los demás. Libre es aquel que ha logrado que lo apetecible y lo conveniente sean un mismo deseo. Empiezo a sospechar que la sabiduría es actuar bajo la égida de esta comunión. Por eso el sabio es libre.

En el último ensayo publicado antes de su muerte, Extranjeros llamando a la puerta, Zygmunt Bauman cita a Hanna Harent para remachar una idea que es perfecta para lo que yo quiero explicar aquí: «Cuando uno piensa su yo está solo, pero cuando actúa su yo se encuentra con otros yoes». El pensamiento opera en un área privada, pero la acción lo hace en un nicho compartido. La libertad cómo dinamismo por el que nos decantamos por unas acciones en vez de otras se incuba en la privacidad de las ideas, pero se sedimenta en una línea de acción que incursiona en el paisaje humano donde habitan otras alteridades. Al deshilacharse la idea de comunidad en aras de un individualismo que se cree autosuficiente, eliminamos simultáneamente muchos límites que son los verdaderos nutrientes de nuestra libertad. En El contrato social Rousseau insistía en esta idea, clave para afrontar la convivencia como destino insoslayable. En la urdimbre intersubjetiva se pierde una porción de libertad para poder ser libres.

En el ensayo La ciencia y la vida de Valentín Fuster y el siempre añorado José Luis Sampedro se explica esta circunstancia con un ejemplo muy fácil de entender: «Si no hay normas, no hay libertad. La cometa vuela porque está atada. La cuerda permite la resistencia contra el viento y por ello la cometa vuela». Kant empleaba el símil de la paloma y el viento para explicar esta aparente aporía. En el vacío la paloma no levantaría el vuelo. En el esclarecedor El gobierno de las emociones, la lúcida Victoria Camps cita a Williard Gayling y Bruce Jennings, autores del libro The perversion of autonomy, para recalcar este argumento aparentemente antitético pero primordial para entender la relación entre convivencia y libertad: «No puede haber una sociedad libre sin autonomía individual y no puede haber una sociedad sostenible que descanse solo en la autonomía». Yo soy muy recalcitrante intentando explicar esta idea en las clases y en los cursos porque con los años he comprobado atónito que rara vez los asistentes la tienen automatizada sentimentalmente. Aunque parezca contraintuitivo, la interdependencia es el marco que facilita nuestra independencia.

martes, mayo 16, 2017

Es un milagro que dos personas puedan entenderse algo



Obra de Dan Witz
La mayoría de los sobreentendidos son los culpables de la ocurrencia de malentendidos. En un sinfín de ocasiones sobreentendemos información que no tiene nada que ver con la que nos han querido transmitir, lo que no impide que nos relacionemos con ella como si fuera indudable. Un sobreentendido se transforma al instante en un malentendido si los interlocutores no participan de la misma convención semántica adjudicada no sólo a un significante, sino a la constelación de significantes en los que se expresa una idea, una propuesta o una promesa. Precisamente para evitar el florecimiento de sobreentendidos solemos entablar animadas conversaciones en las que a través del despliegue de preguntas y respuestas se esclarezca el contexto semántico de los participantes. No obstante, muchas de estas conversaciones, en vez de adelgazarlo, engordan el sobreentendido hasta convertirlo en un malentendido adiposo. Todo esto sin listar los habituales encontronazos entre la comunicación analógica (paralenguaje y lenguaje corporal) y la digital (las palabras). Aquí doy por hecho que no hay contradicción entre ambos lenguajes y que la caligrafía de nuestros gestos mantiene agradable concordancia con el mensaje de nuestro verbo.

El corolario de la comunicación con conjuntos semánticos no aclarados es la incomunicación.  Si entre dos o más interlocutores existe una interpretación semántica divergente de un mismo significante, la comunicación se enlodará y la comprensión será una baza harto imposible. Hete aquí un auténtico semillero para los malentendidos y los focos de disensión en la acción humana. Kant prescribía que nunca se nos ocurriera discutir con un idiota porque a los pocos minutos la gente tendría muchas dificultades para discernir quién lo era y quién no (ver artículo), y yo creo que esta prescripción puede ser válida igualmente cuando uno habla con alguien que utiliza palabras de fisonomía similar pero encuadradas en marcos semánticos diferentes. Se puede parafrasear a Kant y exhortar a la siguiente conducta prudente: «Nunca discutas con quien habita en palabras parecidas a las tuyas, pero con significados distintos. Es muy probable que a los pocos minutos no sepas de qué te habla y te haga caer en la cuenta de que él tampoco sabe de qué le estás hablando tú».

Hace poco le leí a Javier Marías en uno de sus artículos dominicales que «la capacidad para manejar el lenguaje determina la calidad de nuestros pensamientos». El léxico y la sintasis en la que el verbo toma forma inteligible colorean el mundo, y su pobreza convierte a ese mismo mundo en un contorno difuminado y decolorado. Somos el individuo que vive entre la persona que estamos siendo y la que nos gustaría ser, y ese hiato se rellena con el lenguaje verbal de la fabulación. Los seres humanos habitamos en las palabras que pronunciamos y en las que no pronunciamos cuando el silencio conspira contra nosotros, en el marco sintáctico y semántico en el que construimos  el relato en el que  nos narramos, pero ese séquito de palabras, ese mobiliario léxico, puede albergar connotaciones muy disímiles según qué oídos lo acojan para transportarlo al cerebro y licuarlo en estructuras con sentido y significado absolutamente subsidiarias de cómo uno está instalado en el mundo. Yo defiendo que la mayoría de los conflictos se deben a problemas de comprensión nacidos de la utilización de palabras que significan cosas muy distintas para personas que creen que significan lo mismo. La expresión coloquial diálogo de besugos, o la también muy descriptiva discusiones bizantinas, se refieren a este tropismo lingüístico. He escrito muchas veces que la palabra es la distancia más corta entre dos cerebros que desean entenderse. Me reafirmo en ello, pero la realidad quedaría escamoteada si no agrego que también puede ser la distancia más larga entre dos cerebros separados apenas por unos centímetros. A todos nos compete saber en cuál de las dos situaciones nos encontramos. Y actuar o hablar en consecuencia.