martes, diciembre 12, 2017

Empatía, compasión y Derechos Humanos

Obra de Simon Hennessey
El pasado domingo 10 de diciembre se celebró el Día de los Derechos Humanos. En esa misma fecha, pero de 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas reunida por tercera vez en París firmó la Declaración Universal de esos Derechos Humanos. El documento aloja treinta artículos que se sostienen en la idea de la dignidad humana. Tenemos el derecho de que esa dignidad que nos arrogamos en tanto que somos seres humanos sea protegida, pero también cargamos el deber de cuidarla en los demás. Fue la primera vez en la historia de la humanidad en que la dignidad humana (el valor que nos damos a nosotros mismos los seres humanos por ser seres humanos y el derecho a tener derechos) encontró reconocimiento y protección jurídica. Cualquier ser humano posee unos inalienables derechos sin distinción alguna de su raza, color, sexo, religión, condición política, propiedades, nacionalidad, o país de origen. 

A mí me gusta señalar que los Derechos Humanos son el cénit de la creatividad humana, una invención ética para salvaguardarnos de lo más predador de nosotros mismos. Para demostrar su carácter inventivo, en alguna conferencia he tenido que recordar a los asistentes que esos derechos no vienen del mar, ni se cultivan en la tierra, ni caen de los árboles, ni los llueve el cielo, ni los manuscribió ninguna deidad, ni los bajó nadie en tablas de piedra de ninguna empinada montaña. Nos los hemos inventado para mejorarnos. Son un común denominador para el paisaje humano, los mínimos sin los cuales la dignidad no puede brotar en la vida de una persona. Conviene recordar que esos derechos fueron proclamados tras la espantosa carnicería de la Segunda Guerra Mundial, un hemoclismo (una inundación de sangre, según la acertada expresión del atrocitólogo Matthew White) de dimensiones sobrecogedoras. En Pensamientos arriesgados, Savater recuerda a los despistados que esos derechos «no provienen tanto de las promesas de la luz como del espanto de las sombras». Cedo a Eleanor Roosevelt, que presidió la comisión que formuló la Declaración Universal, la respuesta a la interesante pregunta «¿dónde empiezan esos derechos?». «Esos derechos empiezan en pequeños lugares, cerca de casa; en lugares tan próximos y tan pequeños que no aparecen en ningún mapa... Si esos derechos no significan nada en estos lugares, tampoco significan nada en ninguna otra parte. Sin una acción ciudadana coordinada para defenderlos en nuestro entorno, nuestra voluntad de progreso en el resto del mundo será en vano».

Estos días estoy leyendo el voluminoso ensayo Los ángeles que llevamos dentro, el declive de la violencia y sus implicaciones de Steven Pinker. En sus páginas aboga por la verificada tesis de que los índices de violencia han descendido extraordinariamente en los últimos siglos. Pinker busca una causa exógena para explicar esa disminución y por ende la mejora en la convivencia y en el proceso civilizador. El hallazgo es soprendente y lógico a la vez. Mejoramos notablemente como especie cuando empezó a importarnos el sufrimiento del otro. ¿Y qué ocurrió para que el dolor del prójimo fuera una variable a tener en cuenta en nuestras pesquisas y en nuestra conducta?  La explicación es multifactorial, pero Pinker señala como punto nuclear la invención de la imprenta. La creación de Gutemberg en 1450 permitió la expansión de los libros y que la gente pudiera ponerse en la perspectiva del otro gracias a la lectura de novelas epistolares. La lectura ensanchó la mente, afiló la sensibilidad, conectó ideas, explicó el sufrimiento ajeno, amplió el círculo empático. Los pensadores de la Ilustración (en cuyas ideas se basan las dos Declaraciones que preceden a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la de la Independencia de los Estados Unidos en 1776 y la Declaración del Hombre y del Ciudadano de 1789 en Francia) son hijos de una empatía estimulada por el poder evocador de los relatos de otras vidas recogidas en los libros. Esa empatía es esencial para la compasión, el sentimiento más radicalmente humano, o el que más incide en la acción humana. 

Curiosamente leo en una entrevista a la escritora especializada en religión comparada Karen Armstromg, galardonada en la última edición con el Premio Princesa de Asturias de las Ciencias Sociales, que la compasión está desacreditada porque la concebimos erróneamente: «a veces se traduce por misericordia, que significa que yo estoy en una situación de privilegio y entonces siento pena por ti. Pero la compasión tiene que ver con la igualdad. Analizas tu corazón, piensas qué te haría daño y no se lo haces a otro. Esa es la regla de oro». Adela Cortina lo explica de idéntica manera en Aporofobia: «la compasión es sobre todo el reconocimiento de que el otro es un igual con el que existe un vínculo que precede a todo pacto». En el monumental La compasión, una vitud bajo sospecha, Aurelio Arteta ilustra con claridad que la compasión es el germen de la justicia que luego se encarna en instituciones. Estoy convencido de que los Derechos Humanos que están a punto de cumplir su septuagésimo aniversario nacieron del sentimiento de la compasión. Un sentimiento que se fomenta con las creaciones que los seres humanos hemos inventado para narrarnos a nosotros mismos (novelas, canciones, obras de teatro, películas, cuadros, ensayos, poesías, sinfonías, etc.). Cualquiera de estas creaciones es la mejor forma de saber qué siente aquel que no soy yo y con el que nunca podré intercambiar una palabra por lejanía geográfica o brecha afectiva. En Sin afán de lucro, la filósofa norteamericana y escrutadora del orbe sentimental Martha Nussbaum refrenda esta tesis y anima a relanzar las Humanidades en la oferta curricular en un mundo exorbitado de medios tecnológicos pero anoréxico de fines. El italiano Nuccio Ordine también defiende lo mismo en el enternecedor opúsculo La utilidad de lo inútil. Su argumento es que lo más inútil (para el credo económico y su maximización del beneficio) es lo más útil para vivir y para convivir bien todos juntos. Acabo de explicar a qué aspiran los Derechos Humanos.

martes, diciembre 05, 2017

O cooperamos o nos haremos daño



Obra de Fabiano Milani
Hace unos años di una conferencia que titulé O cooperamos o nos haremos daño. Llevaba mucho tiempo estudiando la tensión sinérgica y la tensión competitiva y me atreví a bautizar tan sentenciosamente mi intervención. Después de mucha investigación, mucha bibliografía y muchas horas de redacción de contenidos y de producción de conocimiento transdisciplinario me sentía preparado para rebatir a quien pusiera en entredicho mi lapidaria afirmación. De aquella conferencia nació el título del ensayo La capital del mundo es nosotros que publiqué dos años depués (ver). Era la última de las seis tesis que eslaboné de la siguiente manera: 1) En la competición siempre hay damnificados. 2) Las personas vivimos, pero sobre todo convivimos. 3) Las personas somos entidades muy complejas y, al anhelar la individuación, somos muy disímiles unas de otras. 4) Las personas somos interdependientes. 5) Sin la cooperación de aquel con quien tengo una divergencia no hay solución de la divergencia. 6) La cooperación necesita la convicción ética de que el otro es la prolongación de mi dignidad, de que la capital del mundo es nosotros.

Estas fueron las seis tesis que defendí desde el atril. Desgraciadamente en el mundo contemporáneo la competitividad es un valor cuasi indiscutido. Intuyo que su hegemonía se sostiene en el desconocimiento de en qué consiste exactamente. La religión secular de la competitividad proclama que hay que ser competitivo, pero no matiza ni por qué, ni para qué, ni en qué. Las leyes del mercado funcionan con la lógica de la competición, pero el mundo de la vida humana no solo posee unos cuantos más círculos que el mercado, sino que esos otros marcos en los que se desenvuelve nuestra existencia operan con otros vectores totalmente ajenos a él.  Recuerdo unas declaraciones del entonces ministro de Educación José Ignacio Wert. En mitad de una entrevista redujo la educación a mera empleabilidad: «La educación consiste en que los alumnos aprendan a competir por un puesto de trabajo». Dicho de una manera más explícita. La educación es la adquisición de conocimiento con el que competir, es decir, el conocimiento es el procedimiento con el que competimos. La ecuación es desoladora para cualquiera que haya dedicado algo de tiempo a estudiar la literatura de la negociación. Competimos para satisfacer nuestros intereses a costa de que nuestro opositor no pueda lograr la coronación de los suyos. Cooperamos para satisfacer parte de nuestros intereses, pero también parte de los intereses del otro. Rastreamos soluciones compartidas porque compartimos el problema.

Si competimos por una banalidad, la consecuencia de esa competición es una banalidad. Pero si competimos por lo necesario, la consecuencia es un daño atroz. En la organización capitalista trabajo y acceso a una vida digna van de la mano. Si competimos por un puesto de trabajo (como indicaba la definición del ministro), habrá otros que se queden sin él, porque la mecánica de la competición es exactamente esa. Estamos delante de un juego de suma cero.  Si empleo (que no trabajo) y vida digna van indisolublemente unidos en la forma de articular la convivencia, es fácil deducir que competir por un empleo es competir por una vida digna, y simultáneamente que muchos de los competidores se quedarán sin ella. Resulta sencillo inferir que para el fondo común de intereses en los que se basa la vida compartida no es una buena idea competir por lo básico, pero que si lo hacemos y lo exacerbamos es muy posible que acabemos inflingiéndonos mucho sufrimiento. Para amortiguar el impacto de esta lógica predatoria, se ha trasladado la culpa de quedarse sin derechos al que pierde en la competición, que incluso puede llegar a autoinculparse, y de este  modo se han enmascarado las reglas del juego. De aquí nace ese lugar común que argumenta que si te esfuerzas conseguirás la empleabilidad por la que compites (prosiguiendo con la definición de Wert), de lo que se colige que si no lo has conseguido es porque no te has esforzado lo suficiente. Es un discurso tramposo que oculta la probabilidad. Propongo otro mejor. Si diez personas aspiran a la obtención del mismo recurso,  habrá siempre nueve que se queden sin él, y será indiferente lo mucho que se hayan esforzado por obtenerlo. Si el recurso es básico, esta lógica genera indefectiblemente elevadas cantidades de dolor. Debemos cooperar para que todos podamos satisfacer lo mínimo, y quien lo desee debería poder competir para satisfacer los máximos. Educarnos en esta voluntad cooperativa es educarnos en el cuidado de no hacernos daño. No hay nada más inteligente sabiendo que compartirmos el espacio, los recursos y los propósitos.

martes, noviembre 28, 2017

Donde hay amor la ética no hace falta



Obra de Alex Katz
En mis clases siempre defino la ética como la incursión del otro en mis deliberaciones. Es una definición propia cosechada en una época en la que no paré de estudiar la relevancia de los demás en nuestras vidas. Estaba tan abducido por este tema y por la retícula en la que se despliega la aventura humana que el ensayo La capital del mundo es nosotros fue la consecuencia precipitada de un libro que soñaba con escribir algún día bajo el sucinto título de Los demás. Ese título me sirve ahora para dar una vuelta de tuerca a la definición y puntualizar de un modo poéticamente más hermoso qué es la ética: «La ética es el descubrimiento de pensar en plural».  Es muy fácil pensar en plural en entornos presididos por el afecto, pero  las cosas se complican cuando el afecto se desvanece o ni tan siquiera comparece, y es sencillo que esto suceda cuando interactuamos con personas  a las que no conocemos de nada, o con las que nos cruzamos apresuradamente por la calle,  o con todas las existencias que ni tan siquiera vemos pero que sabemos que están circundándonos como habitantes de un mismo y gigantesco espacio compartido. La ética como reflexión moral ha intentado descubrir cómo podemos comportarnos afectuosamente con aquel por el que no sentimos afecto. La cuestión es espinosa porque el afecto se mueve en la parcialidad, pero la ética aspira a la universalidad. La solución encontrada es que donde no llega el afecto ha de llegar la virtud, conducirnos afectuosamente con los demás sin necesidad de sentir afecto porque vemos en el otro un equivalente a nosotros. Donde no nos alcanza el sentimiento que nos alcance su racionalización encarnada en acción. Acabo de explicar qué es la virtud.

Siempre he defendido que donde hay afecto la ética no hace falta. Hace unos días comentaba en otro artículo que en mis cursos suelo explicar el dilema del prisionero. La policía arresta a dos sospechosos, los incomunica en celdas diferentes y les propone elegir entre confesarse culpables o inocentes de un delito. El trato es el siguiente. Si ambos confiesan, serán condenados a seis años de prisión; si ninguno confiesa, la condena será de un año; pero si uno de ellos confiesa y el otro no, el primero será liberado y el segundo sufrirá una pena de diez años.  Los alumnos empiezan a especular y no tienen nada claro qué decisión tomar puesto que sospechan que el otro prisionero les traicionará. Ahora bien, si ese otro prisionero es una persona a la que quieren y les quiere, no tardan ni un segundo en elegir la opción que más beneficia a ambos. El amor explica esta reacción. En su sentido primigenio la palabra amor no vinculaba ni con la sexualidad ni con la atracción física ni con la libido. La palabra amor proviene de la palabra amma, madre, (de aquí también procede la palabra amistad) y del verbo latino amare, amar, dar caricias de madre. El sufijo or es el efecto de esa acción. Por tanto el amor es una actividad que se concreta en cuidar al otro, atenderlo (es decir, poner la atención en él), asistirlo. Yo vindico que no hay mayor cuidado que el que en la vida de cualquier ser humano se cumplan estrictamente los Derechos Humanos. Como somos seres tremendamente frágiles y vulnerables, como el cuerpo se deteriora y es ineluctable la decrepitud de la carne, como el dolor acecha sin tregua para asestarnos algún golpe, el cuidado es tan inapelable en la aventura humana que algunos autores lo elevan a la misma categoría que la justicia. Igual que existe la justicia para todos, todos deberíamos tener garantizado el cuidado. 

Cuando hay amor y cuidamos al otro, la ética, que es incluir al otro en mis deliberaciones y actuar conforme a la opción que más nos conviene a ambos, sobra. Hace unos días leí a Savater en Invitación a la ética algo parecido que me congratuló, porque ratificaba la tesis que yo defiendo en Los sentimientos también tienen razón. Savater empleaba un símil precioso para argumentar su tesis. Donde hay amor no hace falta ética, del mismo modo que donde brilla el sol es innecesaria la luz de una bombilla. Cuando amamos al otro le otorgamos una condición de existencia incanjeable, descubrimos su singularidad, cuidamos su dignidad. Le afirmamos de la misma manera que nos afirman cuando nos aman. Quizá acaso esta constatación convierta a la criatura humana en un mendigo de cariño y reconocimiento o, esgrimiendo el argot psicológico, un menesteroso de afiliación y afectividad. Leamos de nuevo a Savater: «Donde el amor se instaura, sobra la ética y deja de tener sentido la virtud. Los objetivos de la virtud (valor, generosidad, humanidad, solidaridad, justicia) lo consigue el amor sin proponérselo siquiera, sin esfuerzo ni disciplina». Quizá ahora se entienda mejor la célebre exhortación de San Agustín: «Ama y haz lo que quieras». Aunque suene a proclama libertina, es una fórmula enteramente ética. Quizá la más ética de todas.

martes, noviembre 21, 2017

No hay nada más práctico que la ética



Obra de Didier Lourenço
En la mayoría de mis cursos siempre me topo con un serio problema. Etimológicamente la palabra «problema» indica algo que se arroja delante de uno para impedirle el paso. Yo me encuentro con un impedimento frecuente para poder continuar mis intervenciones. He comprobado que son muy pocos los que saben concretar qué es la ética. Algunos saben qué es, pero no saben decir qué es lo que saben que es. En 2014 la profesora Adela Cortina fue galardonada con el Premio Nacional de Ensayo con un libro de título inequívoco y voluntad esclarecedora: ¿Para qué sirve realmente la ética? Cada vez comprendo mejor por qué decidió escribirlo y publicarlo. La semana pasada compartí una charla en una facultad de educación y se lo pregunté a los alumnos y alumnas. La respuesta fue un multitudinario encogimiento de hombros. La ética es incluir al otro en mis deliberaciones, les dije, pero no a un otro cualquiera y vaporoso, sino a un otro dotado de la misma dignidad que solicito para mí. Esta definición nos obliga a su vez a tratar de especificar qué es la dignidad. Para ser entendida, toda palabra requiere la presencia de otras palabras. Toda definición se sostiene en otras definiciones.

Siempre cuento como anécdota la acalorada sorpresa que se llevó una trabajadora social cuando en mitad de una mesa redonda afirmé que la dignidad es un invento. Me espetó que cómo me atrevía a decir algo tan sonrojante. Le contesté que no había dicho nada ni atrevido ni burdo. La dignidad es una creación ética de la inteligencia, una portentosa invención que ha elevado la vida humana hasta cotas impensables e inaccesibles desde ángulos meramente biológicos. Es el valor común que los seres humanos nos hemos dado a nosotros mismos al considerarnos valiosos, un valor que tiene reconocimiento jurídico y se convierte en derecho gracias a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Nos consideramos valiosos porque somos autónomos, es decir, podemos elegir qué fines queremos para dar forma a nuestra vida. Para que esa autonomía sea posible vivimos en ámbitos de interdependencia y debemos tener garantizados unos recursos mínimos, que son los que se tipifican en la Carta Magna. Unos mínimos para ser autónomos y para posibilitar que cada individuo decida luego con qué máximos anhela rellenar el contenido personal de su felicidad. Descubrimos así que la interdependencia es la garantía de la independencia o, como escribe Marina, la felicidad privada necesita un marco de felicidad colectiva. La interdependencia posibilita la satisfacción de las necesidades primarias, pero la independencia es condición insoslayable para el acceso a una vida en la que cada uno se plenifique según sus preferencias. Los filósofos griegos lo dedujeron muy pronto. Solo la vida en común nos permite ascender a una vida buena. La dignidad se torna real gracias a nuestra conducta respetuosa con el otro, y a que el otro haga lo propio con nosotros. Respetarnos es respetar nuestra condición de criaturas dignas.

Este ejercicio de deliberación permanente es lo más práctico que podemos hacer en la vida. Deliberamos qué queremos para nosotros y al hacerlo incluimos al otro, porque nuestra condición de seres interdependientes nos condena a que cualquiera de nuestras decisiones una vez hechas acciones impacte en la vida de los demás. La deliberación es privada, pero la acción siempre es política, siempre se despliega en el espacio compartido. La aventura humana ha comprobado que ese espacio es más enriquecedor si nuestras acciones individuales no mancillan la dignidad del resto de los miembros que también forman parte de la misma aventura. Más todavía. Cualquier decisión que adoptemos lleva implícito un modelo de humanidad. Por eso la ética es mucho más práctica que cualquier saber técnico que sirva para inventar artilugios, por muy prácticos que sean. Aristóteles distinguía dos tipos de acción humana, la praxis y la poiesis, las virtudes y las artes y ciencias.  No es lo mismo lo que somos que lo que hacemos. Cuando acudo a congresos los participantes se suelen presentar equivocadamente diciendo que son lo que hacen. Yo suelo contar en plan hilarante que mi única aspiración es cumplir la máxima de Píndaro, «ser el que ya soy», tarea que exige un esfuerzo hercúleo porque la realidad propende a sabotearla. «El hombre no puede dejar de enfrentarse a las cosas, porque así prueba que él no es cosa alguna», escribe Savater en su Invitación a la ética. Lo práctico es aquello que se refiere al ser, no al hacer, porque hacemos cosas, pero el ser que las hace no es una cosa, no es un objeto, es un sujeto. Por eso no hay saber más práctico que la ética, que se refiere al comportamiento de nuestro ser en la indefectible intersección con otros seres, frente a los saberes técnicos, que se refieren a las cosas que hace el ser. Curiosamente los términos se han invertido en el mundo contemporáneo. El saber práctico es ahora el saber técnico, y se denomina saber teórico al saber filosófico, cuando no hay nada más práctico que todo lo relacionado con conducirse bien, reflexión absolutamente ética. Sospecho que esta subversión no es gratuita. Delata el momento crepuscular del pensamiento crítico, creativo y ético.

martes, noviembre 14, 2017

El texto de la bondad supera el millón de visitas

Quiero compartir un hecho insólito con todos los que pasean asiduamente por este Espacio Suma No Cero. Un artículo publicado aquí ha alcanzado hace unos días un millón noventa mil visitas. La cifra es más llamativa todavía si se añade que el artículo era de tinte filosófico y que solo se divulgó en una entradilla de cinco líneas en Facebook. El texto analizaba la arquitectura de la bondad, en qué consiste, por qué unas veces actuamos bajo su impulso y otras veces no. Su título era inequívoco: La bondad es el punto más elevado de la inteligencia. Quien quiera leerlo puede hacerlo clickeando aquí. ¿Por qué este artículo ha logrado esta elevada audiencia cuando el promedio es infinitamente menor? Es evidente que un lector llama a otro lector y ahí  reside el secreto de la viralidad del artículo, pero ¿por qué éste y no otros de escritura, estética y formato similares? Juguemos al juego de las hipótesis.

Aunque no tengo certezas de por qué el texto se ha convertido en un fenómeno viral, sospecho que el tema elegido tiene algo que decir. Tanto por la interacción con los lectores, como por las clases y los talleres que imparto, estoy cada vez más persuadido de que las personas anhelamos un mundo más bondadoso, más amable con nuestra condición de existencias frágiles e interdependientes. Suspiramos por un espacio compartido donde la vida de las personas y su relación con sus congéneres, los animales y la naturaleza que nos acoge no estén subyugados por la lógica económica que solo atiende a la optimización del lucro y a la dimensión competitiva como manera de satisfacerla. Escribía Kant que todo lo que tiene dignidad no tiene precio. El credo económico opera sobre lo que tiene precio, pero ha colonizado el imaginario y se ha extendido de manera omniabarcante como el criterio con más autoridad para orquestar también todo lo que no tiene precio en la experiencia humana. Que un texto sobre la bondad hipertrofie mágicamente el número de lectores es un buen sensor para admitir que somos muchos los que padecemos nostalgia por un mundo que no acepta que las cosas sean así. Estamos cansados de que la lógica de la vida sea la de una razón económica insensible con todo lo que nos importa a las personas cuando nos detenemos a dirimir qué es lo importante. 

Quizá sí existe una explicación al crecimiento exponencial de la divulgación del texto. Es evidente que en la vastedad digital de la red proliferan muchos artículos sobre la bondad y otros sentimientos egregios del animal humano que somos, pero en éste el protagonismo no radicaba solo en la bondad, sino en su indisociable nexo con la inteligencia. Como el conocimiento cada vez es más instrumental, identificamos la inteligencia como una competencia también instrumental, cuando ante todo es práctica. La inteligencia no sólo produce y manipula conocimiento, regula nuestro comportamiento. De ahí que su participación sea crucial para nuestra necesidad de un mundo más acogedor y humano. Etimológicamente bondad proviene de bonitas, un término latino que anuda la palabra bonus (bueno) con el sufijo itas (cualidad). Significaría la cualidad de lo bueno y, como adjetivo, la inclinación a actuar bien. La bondad es ayudar a que la felicidad pueda comparecer en la vida del otro, y es la medida más inteligente para que también pueda irrumpir en la nuestra con la ayuda de los demás.  No me atrevo a afirmarlo con rotundidad, pero intuyo que la bondad sublima la reciprocación: tratar al otro como me gustaría que el otro me tratara a mí, si yo estuviera en su lugar. Acabo de glosar la regla de oro de las religiones en su sentido positivo. O una versión del imperativo kantiano: «Actúa de tal modo que la ley por la que tú te rijas sea a la vez y al mismo tiempo universal». Pero yo quiero incursionar un poco más lejos, alcanzar quizá ese lugar que inspiró a Kant una de la más hermosas frases de la historia del pensamiento: «Dos cosas llenan mi ánimo de admiración y respeto: el cielo estrellado sobre mi cabeza y la ley moral en mi corazón».

El ser humano dio un paso de gigante en el uso de su inteligencia al descubrir la intencionalidad compartida y concretarla en la expectativa de reciprocidad indirecta: tratar al desconocido como me gustaría que me trataran a mí los que no me conocen; ayudar al otro con el que no tengo relación afectiva para que, cuando yo la necesite, a mí me ayuden otros que no mantienen relación afectiva conmigo. A primera vista nuestra acción aislada acarrearía un coste absurdo no reembolsable en un primer momento (de ahí ese discurso que señala como tonto al bondadoso), pero desde un prisma social y el deseo ético de universalizar la norma es una acción sublime, y la más inteligentemente óptima si todos la clonamos y la incorporamos en nuestras prácticas comportamentales. La reciprocidad tematizada es pura cooperación, pero cuando se internaliza y se despliega en la espontaneidad se convierte en bondad. Cuando se actúa bondadosamente uno no reflexiona sobre estos engranajes, quizá tampoco advierta que lleva a cabo una actitud tremendamente audaz para enaltecer nuestra humanidad y fomentar el ideal de una convivencia que satisfaga los intereses concomitantes de todos nosotros en tanto que somos existencias al unísono (así se titula la trilogía que completaré en la primavera del próximo año -ver-). En la bondad no hay un buenismo estéril, que es la crítica más socorrida que argüyen sus detractores. La bondad es empática y la actitud empática y el sentimiento compasivo prologan la idea de justicia y su encarnación en instituciones. El bondadoso es tremendamente inteligente sin acaso ser consciente, y el texto que yo escribí visibilizó este aspecto invisible. Más allá de esta hipótesis, para mí continúa siendo un enigma por qué ese artículo se ha viralizado. Como es un misterio, zambullámonos en él y disfrutémoslo.  Están todos invitados.

martes, noviembre 07, 2017

El afecto, o cómo pasar de pensar en singular a pensar en plural



Obra de Sean Cheetham
La manera de resolver diferencias con el otro correlaciona con cómo sentimos al otro. Los males del mundo no se deben a que no sepamos quedarnos quietos en una habitación, como defendía Pascal, sino más bien a que los seres humanos no hemos aprendido a compatibilizar pacíficamente la divergencia. Los profesores William Ury y Roger Fisher establecieron en los años setenta del siglo pasado unas pautas universales para resolver diferencias, el célebre método de  los cuatro principios: separar a las personas del problema, centrarse en los intereses en vez de la posición, inventar creativamente soluciones en beneficio mutuo, utilizar criterios objetivos. Más tarde Ury y Fisher ampliaron los principios y los sistematizaron. Surgió así el Modelo de los Siete Elementos. Los profesores descubrieron que el tipo de relación que mantengamos con quien hemos de limar la incompatibilidad marcará nuestra forma de afrontar esos principios. Como la diferencia percibida, sea real o apócrifa, no deja de ser una narración, como el conflicto no posee realidad extramental, ese relato tomará una u otra dirección en función de la cantidad y la calidad de afecto que presida la relación. 

Si hay afecto, presumiblemente la manera de compatibilizar la divergencia será pacífica e integradora. Si el afecto escasea, o si se ha volteado en animosidad, será beligerante y distributiva. Yo lo tengo empíricamente comprobado cada vez que explico en clase el dilema del prisionero. Propongo a los alumnos que elijan qué opción de las varias que se presentan tomarían si fueran ellos los protagonistas del famoso dilema. La policía arresta a dos sopechosos, los incomunica en celdas diferentes y les propone elegir entre confesarse culpables o inocentes de un delito. El trato es el siguiente. Si ambos confiesan, serán condenados a seis años de prisión; si ninguno confiesa, la condena será de un año; pero si uno de ellos confiesa y el otro no, el primero será liberado y el segundo sufrirá una pena de diez años. Cuando estamos prisioneros con alguien que no conocemos y hemos de adoptar una decisión que depende a su vez de la que tomará el otro prisionero con el que no podemos hablar, impera el recelo, la desconfianza, la defección. Los alumnos se decantan por la opción en la que ellos salen mejor parados relegando a la nada lo que le pueda ocurrir al otro prisionero. Compiten. Sin embargo, basta con permutar una variable para cambiar por completo la decisión. Si el otro prisionero es una persona con quien nos une un profundo afecto, todos elijen la opción que beneficia a ambos, a pesar de que esa elección empeora la que satisface el interés individual. Se coopera.

Cada vez albergo menos dudas de que la humanización se inauguró el día en que alguien en vez de pensar en singular pensó en plural. La cultura entendida como una segunda naturaleza (la segunda navegación aristotélica) se atarea en regular esa primera persona del plural para que gracias a la convivencia podamos combatir nuestras gigantescas limitaciones individuales y acceder a una vida buena. La aspiración humanizadora estriba en teñir de afecto la relación con los demás para tomar decisiones de índole cooperativa. Con el próximo nos alcanzan los sentimientos de apertura, el cariño, el afecto, la ternura, la compasión, el perdón, el cuidado, el amor, pero con el lejano no, de tal modo que debemos establecer otra fórmula que pueda impregnar de algo parecido al afecto la relación en la que sin embargo es dificil que lo haya porque el planeta Tierra posee dimensiones inabarcables y somos casi ocho mil millones de seres humanos los que lo habitamos. Pues bien, hemos encontrado esa fórmula. Humanizarnos consiste en utilizarla y afinarla cada vez más. Hemos deducido que donde no llega el afecto sería bueno que nos alcanzara la conducta ética, que es la racionalización de ese afecto. Con el desconocido no podemos sentir el mismo afecto que con quien nos une la cariñosa familiaridad o la conexión que emana de compartir facultativamente nuestro tiempo y nuestras actividades, pero sí podemos comportarnos afectuosamente con él. Lo valoramos como un equivalente en la dignidad que demandamos para nosotros y nos comportamos con él en concordancia a esta estimación. Estamos delante de la convertibilidad del afecto en virtud. Cada vez estoy más persuadido de que el civismo y la cultura no persiguen otro fin.

martes, octubre 31, 2017

Con el amor propio hemos chocado




Obra de Sean Cheetham
Lo confieso públicamente en este Espacio Suma No Cero. No me gusta la expresión amor propio. Es equívoca y encierra en sí misma una contradicción semántica irresoluble. El amor es un poderoso sistema de motivación en el que se aglomeran muchos sentimientos en los que siempre aparece la figura del otro, un potente deseo para eslabonar una biografía con otra biografía en la estrategia vital, un proyecto para yuxtaponer los fines propios con los fines del otro a través de un ensamblaje que hace millones de años revolucionó axiológicamente la vida humana. En sus albores, el amor era la cristalización del cuidado al otro. No guardaba relación ni con la atracción física ni con la sexualidad. Amar a alguien era sinónimo de cuidarlo, atenderlo, prestarle atención, ayudarlo. Esa experiencia del cuidado que requiere nuestra connatural fragilidad es la que nos confirió la humanidad que ahora nos singulariza en el reino de los seres vivos. Aunque parezca antitético, estar asistidos es lo que permite que podamos valernos por nosotros mismos en todo lo demás. Sin embargo, en el amor propio se suprime la presencia del otro y es uno mismo el que, en un ágil ejercicio de funambulismo sentimental, se desdobla para cuidarse. 

Con el amor propio ocurre algo que a mí no deja de sorprenderme cada vez que incursiono en sus dominios para estudiarlo. A pesar de la enorme malla tupida de palabras que poseemos para describir lo que acaece y así colorear con más precisión los muchos cromatismos del mundo, el amor propio indica dos direcciones explosivamente dispares. Le ocurre lo mismo a la soberbia y al orgullo, con quienes el amor propio comparte estrechos lazos de parentesco. En el ensayo La razón también tiene sentimientos agrupé familiarmente los tres conceptos bajo la nominalización de las desmesuras del ego. En una dirección el amor propio vincula con conductas que sedimentan en una terquedad fósil, en empecinamiento o cerrilismo, en la cultivada inutilidad de ser orgulloso (que nada tiene que ver con sentir orgullo). Tener amor propio en este caso significa no claudicar cuando todos los indicios recolectados desde la racionalidad invitan a hacerlo. No se capitula para no admitir el yerro y por tanto nuestra condición de seres falibles, o para  no aceptar una propuesta presentada por otro que, en una absurda interpretación competitiva de la vida, lo situaría por encima de nosotros. La mayoría de los analistas de conflictos con los que he hablado suelen afirmar que el setenta por ciento de los problemas se cronifican a causa del inmovilista amor propio de los implicados. El amor propio es un muro imposible de franquear por los protagonistas que sin embargo saben muy bien que la posible solución a su conflicto se localiza precisamente al otro lado.

La extraña ramificación de esta expresión nos conduce también hacia un territorio absolutamente distinto. Amor propio es sinónimo de autorrespeto. El autorrespeto es proteger la propia dignidad en las inevitables interacciones con los demás que nos depara el nicho humano compartido. Se trataría de preservar de cualquier mácula el valor que poseemos por el hecho de ser personas. Tener amor propio cursa aquí con la auroral idea del cuidado, porque es el deber estricto de cuidar de nuestra propia dignidad e impedir que nadie la lastime. Entramos en la esfera de la identidad, la autoestima, el autoconcepto, la consideración, el prestigio, la reputación, el valor positivo que todo ser humano reclama para sí. Tener amor propio es mantener intacta toda esa esfera de valores positivos y beligerar contra aquel que intente abollarla. Aunque los fines que persigue el amor propio en esta segunda acepción son siempre meritorios, no están exentos de riesgos en los que es fácil tropezar. Quererse a uno mismo es plausible, pero si ese amor se vuelve insoportablemente excesivo, si se profesa con devoción enfermiza, entonces se pervierte en egolatría. La egolatría y la estupidez acaban fundiéndose en una misma entidad, como muy bien advirtieron los clásicos que estudiaron los pecados capitales. Como todo en exceso es veneno, vindiquemos el amor propio, pero no seamos negligentes con los matices. Amor propio, sí, pero en la dirección que nos mejora. Y en la porción adecuada.

martes, octubre 24, 2017

Preguntar «¿quién tiene razón?» no tiene sentido



Obra deDuarte Vitoria
En los dominios de la deliberación discutir por ver «quién tiene razón» es no entender qué significa la deliberación. Aristóteles explicó que se delibera sobre lo que no tiene incidencia ni por el azar ni por la necesidad, es decir, sobre lo que puede ser de múltiples maneras. Si en una discusión uno de los interlocutores se atribuye la posesión de la razón, entendida aquí como sinónimo de estar en lo cierto, es a costa de denegársela a su oponente, que rara vez afirmará no poseerla también. Yo he comprobado empíricamente que si quieres que alguien te dé la razón, debes dejar de insistir en que la tienes. Para analizar este curioso microcosmos, Schopenhauer escribió el opúsculo El arte de tener razón. Podíamos releerlo como «El arte de salirse uno con la suya». Este pequeño ensayo se publicó póstumamente, de hecho, Schopenhauer renegó en vida de él. En sus páginas reflexiona en torno a las artimañas, argucias y subterfugios discursivos a los que la gente se aferra para tener razón. «Reuní todos los artificios fraudulentos que tan a menudo aparecen en las disputas y expuse claramente cada uno de ellos en su esencia peculiar, ilustrándolos con ejemplos y dando a cada uno un nombre». La batería de recursos argumentativos para ganar una discusión, sin importar si los métodos utilizados son limpios, asciende a treinta y ocho.

En las discusiones mal entendidas lo nuclear no es demostrar que uno está en lo cierto, sino que uno tiene la razón. Parece lo mismo, pero no lo es. La verdad objetiva de una proposición dista mucho de su posible aprobación por los que la discuten. En este tipo de discusiones no se procura que la evidencia más sólida salga a la luz, sino que cada interlocutor se afana en que se le dé la razón. La propia finalidad de la discusión (tener razón) provoca el deseo contrario en los participantes de la discusión (no dársela). Si le damos la razón al que confiesa tenerla, le concedemos una superioridad que quizá ya no recuperemos, aparte de admitir que el argumento defendido por nosotros hasta entonces era endeble o incluso erróneo. Si he errado en una apreciación que consideraba válida, ¿por qué no me iba a ocurrir lo mismo en otras? Para evitar este riesgo negamos en bloque todo lo que provenga del otro, que a su vez mimetizará nuestra conducta y se comportará del mismo modo argumentativo con nosotros. Nos adentramos a toda velocidad en un diálogo de besugos, hilarante expresión coloquial que metaforiza a la vez el cerrilismo y la necedad. Se trata de triunfar en la discusión, de tener la razón o evitar ser contrariado, no en ofrecer puntos de encuentro para convalidar posturas.

Detrás de una afirmación deliberativa puede cohabitar otra gran afirmación deliberativa y ambas son legítimas incluso si se presentan como contradictorias. ¿Quién tiene razón? es una pregunta que en este contexto no tiene respuesta porque la interrogación no tiene sentido. En mis clases y talleres, y sin que los alumnos sepan qué están haciendo, suelo llevar a cabo un ejercicio muy sencillo que ratifica que dos enunciados opuestos de naturaleza deliberativa pueden convivir perfectamente sin caer en contradicción. Si no se acepta de antemano esta posibilidad, dialogar es una acción inútil. Dialogar partiendo de que uno tiene la razón y que por lo tanto no va a cambiar de postura le roba el sentido prístino al diálogo.  Normal que uno acuda a juegos sofísticos, a desleales ardides retóricos, a falacias, a sofismas, a tretas sentimentales. Se emplea una sofisticada ingeniera argumentativa no para hallar una solución mancomunada, sino para salirse uno con la suya. Estamos ante un diálogo en el que la inteligencia como proveedora de recursos argumentativos tiene mucho protagonismo, pero la bondad muy poco. Y sin bondad no hay diálogo posible. Schopenhauer concluyó de un modo parecido, pero él empleó el término «mala fe», que podríamos definirlo como la voluntad del interlocutor para no entenderse con el otro, o sea, discutir por discutir, o discutir no para hallar una solución, sino para sacar brillo al orgullo de tener razón.  Se entiende así que la última de las estratagemas con la que Schopenhauer remata su opúsculo se refiera a este hecho: «Cuando se nota que el adversario es superior y que acabará no dándonos la razón, se adoptará un tono ofensivo, insultante, áspero. El asunto se personaliza, pues el objeto de la contienda se pasa al contendiente y se ataca, de una manera u otra, a la persona». La soberbia acaba de convertir una discusión en un conflicto. El amor propio se encargará de cronificarlo. El odio en ramificarlo. El rencor en perpetuarlo. El orgullo en no tratarlo. Quedan presentados los que forman el séquito en el funeral del diálogo.

martes, octubre 17, 2017

¿Qué es eso de «aprender a venderse bien»?




Obra de Nigel Cox
Resulta llamativo cómo el lenguaje va indicando sin demasiado estruendo las mutaciones sociales. Las mismas palabras de ayer guardan hoy un significado no solo distinto, sino que en algunos casos representa su propia antítesis. Hoy me quiero detener en un verbo que refrenda esta metamorfosis. Hasta hace poco tiempo ser un vendido era el mayor insulto que podía recibir una persona. Ahora «saber venderse» es la mayor aspiración de cualquiera que desee adquirir un empleo o encarecer el que ya posee. La expresión «saber venderse» se ha expandido por el lenguaje ordinario con velocidad epidemiológica. Yo la conocía, pero tomé conciencia exacta de su condición vírica en un episodio que me ocurrió hace unos años. Durante un tiempo coordiné y tutoricé varias ediciones de un curso universitario on line de negociación. En la zona de los foros de debate abrimos un espacio específico para que los alumnos se presentaran y comentaran qué les había motivado a matricularse. Para mi asombro, una gran mayoría de ellos realizaba el curso de negociación porque quería, y cito literalmente, «aprender a venderse bien». Fue tan recalcitrante esta expresión que un día no pude por menos de matizarla. «Cuando decís que queréis aprender a negociar para aprender a venderos bien, me imagino que os referís a que os gustaría adquirir habilidades y tácticas para promocionar mejor vuestras competencias y de este modo ampliar vuestras posibilidades de empleabilidad». Nunca nadie refutó esta puntualización.

Aunque creamos que optar por una palabra en vez de otra es algo inane, su elección nunca es neutra. Nombrar es conocer, anunciaba el aserto latino, pero también es delatarse. En las expresiones aparentemente superficiales asoma el fondo profundo de una época. Vender consiste en traspasar a alguien la propiedad de lo que se posee por un precio convenido. En su segunda acepción, más acorde con el significado de la expresión que protagoniza este artículo, vender es exponer y ofrecer al público los géneros o las mercancías para quien las quiera comprar. «Venderse» indica que el objeto en venta es uno mismo, lo que a su vez presupone que el sujeto se convierte en objeto venal a través de la cosificación o reificación de la propia persona. Ser portador de competencias adecuadas para llevar a cabo una tarea por la que un tercero te retribuirá pecuniariamente a cambio de obtener y quedarse la plusvalía generada no tiene nada que ver con ser un objeto. La quintaesencia del capitalismo es haber convertido en mercancía el trabajo a través del empleo (no es lo mismo trabajo que empleo), pero mercantilizar nuestro trabajo no debería llevar implícita la mercantilización de la persona que lo lleva a cabo, por mucho que trabajar sea entregar voluminosas cantidades de tiempo de nuestra vida para colmar los fines de otro. No al menos si queremos ampliar la humanización del animal humano que somos. 

Es fácil que el verbo vender colonice el vocabulario y reduzca nuestra imaginación. Si el acceso de un ser humano a una vida digna  pasa por vender el trabajo para conseguir un empleo,  y cada vez se dificulta más esa venta (nunca antes en la historia de la humanidad se ha tenido que trabajar tanto para ser empleado en algo), es casi un efecto reflejo confundir la venta del trabajo con la venta del que lo realiza, conjugar el marketing de las propias habilidades con el yo como marca o como proyecto empresarial que anhela ser subsumido por otro que lo retribuya. Empleando terminología de Ulrich Beck, que tanto ha reflexionado sobre la desregulación laboral y su endémica precariedad, el compulsivo deseo de «participar en el trabajo pagado» no debería desfronterizar léxicamente el tiempo vital propio del remunerado y aglutinarlo en un todo. Como todo es susceptible de enturbiarse, hace unos días leí la expresión «autovenderse». En un texto una mujer solicitaba persuasoras tácticas de divulgacion porque le urgía «autovenderse» lo antes posible para encontrar trabajo (o sea, un empleo). Sé que vender es el antónimo de comprar, aunque el verbo comprar también comienza a utilizarse en la misma triste dirección que venderse. Hace unos días leí en un periódico que una persona «vende optimismo aunque algunos se resisten a comprar su mensaje». Cada vez se emplea más la expresión «te compro la idea», o «te compro el argumento». Como quien tiene el poder sobre las palabras tiene el poder sobre la realidad, resulta descorazonador que la visión binaria de comprar y vender de la terminología economicista invada nuestro lenguaje para describir aquello que nada tiene que ver ni con vender ni con comprar. Ocurre lo mismo con los espacios, los recintos, las competiciones deportivas, que ahora se rebautizan con nombres corporativos. El mercado ha impuesto su retórica. Imposible mayor muestra de hegemonía.


martes, octubre 10, 2017

Que se peleen las palabras para que no se peleen las personas



Obra de Didier Lourenço
El pasado jueves 5 de octubre di una conferencia sobre un libro que ni me he leído ni he escrito ni existe aún. En mi descargo diré que ese libro lo tengo pormenorizadamente redactado en mi cabeza desde hace un tiempo bajo el título “El triunfo de la inteligencia sobre la fuerza. Una ética del diálogo”. Cuando concluya su redacción (estoy con ella) se convertirá en el tercer ensayo con el que cerraré la trilogía Existencias al unísono, que inauguré en 2016 con La capital del mundo es nosotros (ver) y continué en 2017 con La razón también tiene sentimientos (ver). Si la Musa y yo mantenemos intacta nuestra vieja amistad, verá la luz el próximo año. La conferencia estaba encuadrada en el 13 Congreso de la Abogacía de Málaga celebrado en el Palacio de Congresos de Marbella. Mucha gente que se enteró de en qué consistía mi participación me comentó que era una conferencia muy idónea para estos días en los que se vindican el uso de la palabra y el diálogo como praxis para compatibilizar las discrepancias. Ha sido una bonita casualidad que hable de este tema en estos días porque la conferencia y su contenido estaban cerrados desde finales del año pasado. También era una casualidad adicional que el título de mi intervención naciera de una definición de diálogo escrita por mí precisamente en la ciudad que ahora monopoliza toda la atención mediática: «El diálogo es el triunfo de la inteligencia sobre la fuerza».  

En mi exposición defendí cinco tesis para explicar en qué consiste y qué hay que hacer para celebrar el triunfo de la inteligencia sobre la fuerza. La civilización nace gracias a ese triunfo en el que pasamos de la animalidad a la humanidad, pero siempre es un triunfo en tránsito, siempre precario, siempre con la amenaza de la involución y el retroceso. La historia nos enseña que la paz en la que se remansa nuestra convivencia se puede quebrar en cualquier inopinado instante y por tanto mantenerla es una obligación colectiva que requiere cultivo diario. Terminé mi explicación con una coda en la que exhortaba a que se peleen las palabras para que no se peleen las personas. Esta idea la vengo divulgando desde tiempos inmemoriales, pero sin embargo hace unos años me caí de mi particular caballo camino de mi particular Damasco y me he corregido. No creo que sea una buena idea que las palabras se peleen para que las personas eviten esgrimir el temible lenguaje de la fuerza. Es muy fácil prender fuego a las palabras para que se incendien los sentimientos de las personas y se desencadenen conductas primitivas que suponen una regresión civilizatoria. Es tremendamente sencillo inflamar emociones básicas, o profanar los territorios sagrados de la identidad, o provocar un dolor lancinante en lo más profundo del ser que somos simplemente eligiendo malévolamente la palabra adecuada. Por culpa de una palabra se puede romper una relación entre dos personas, pero también se puede desencadenar una guerra en la que mueran millones de ellas. Lo contrario de la violencia no es el despliegue de la palabra, como muchas veces se insiste con recalcitrante equivocación. Lo contrario de la violencia es el despliegue de la palabra respetuosa con la dignidad del otro. El diálogo es el ecosistema en el que esa palabra respetuosa florece ante la presencia de otras palabras educadas y pacíficas, el único procedimiento que satisface nuestra condición de ciudadanos (tan defenestrada últimamente por el feudalismo económico) para ahondar en cuestiones vinculadas a la cosa pública.

La mitología bíblica nos recuerda que una palabra tuya bastará para sanarme, pero también una palabra tuya seleccionada ominosamente bastará para matarme, o para que nos matemos. Para escenarios así he acuñado una término que aparecerá en el nuevo libro: verbandalismo, aquella acción verbal en la que las palabras son pronunciadas con el deseo vandálico de destrozar sin miramientos todo lo que se les ponga por delante. Es harto sencillo verbandalizar el discurso y conseguir el traumatismo interior de nuestro interlocutor que, probablemente, mimetizará ese comportamiento y contestará del mismo modo, pero recrudeciendo la carga dañina en la selección de sus imprecaciones. Bienvenidos a la descarnada visceralidad de una cadena esquismogenética en estado puro. Propongo una máxima categóricamente distinta. En vez de que se peleen las palabras para que no se peleen las personas, que las palabras hablen, interactúen, intimiden, indaguen, se interpelen, se interroguen, se objeten, se cincelen con argumentos. Que cada vez que haya que construir horizontes compartidos en situaciones de interdependencia las palabras se conozcan para que las personas dejen de ser desconocidas, que las palabras se encuentren para que las personas se reconozcan. Lo he escrito muchas veces en este Espacio Suma No Cero y siempre lo repito en mis talleres y conferencias como si fuera un mantra, pero conviene recordarlo una vez más. Hablando no siempre se entiende la gente, pero si no se habla se antoja imposible poder entenderse. Nuestra irrevocable vida en común nos exige el deber humano de que esa palabra sea educada, dialogante, cívica. Una palabra inspirada por la concordia y la fraternidad, imprescincidibles para una sana deontología ciudadana. Lo contrario ya sabemos en qué consiste.

martes, octubre 03, 2017

La derrota de la imaginación

Obra de Marc Figueras
He titulado este artículo parafraseando el título del ensayo de Alain Finkielkraut, La derrota del pensamiento. En sus páginas el filósofo francés postula el hundimiento de la cultura al haber sido ligada al entretenimiento y la amenidad, el pensamiento ha hincado la rodilla en la arena doblegado por la instantánea superficialidad de una imagen aislada que prescinde de explicar qué acontenció para llegar a lo que ahora nos muestra. La derrota de la imaginación sufre síntomas parecidos, aunque sus causas difieren. La imaginación es la capacidad de pensar posibilidades, discernir con criterios novedosos, proveernos de perspectivas críticas, hipotetizar sobre cómo serían las cosas si empleamos premisas diferentes a la hora de urdir conclusiones. La capacidad creadora del ser humano consiste en hacer existir lo que antes no existía, es decir, hacer posible lo que antes nos resultaba imposible.  Imaginar la posibilidad es el paso previo para hacerla posible. Dicho en sentido negativo. Es imposible hacer posible lo que no se imagina como posibilidad.

«Faltan soñadores, no intérpretes de sueños», aullaban mis añorados 091 entre guitarrazos y distorsión greñuda. La esterilización de la imaginación reduce drásticamente el número de soñadores. Hace unos meses leí una entrevista al cineasta Jonas Mekas cuyo titular era muy ilustrativo: «Aunque fracasen, lo que necesitamos son soñadores». En la entrevista Mekas aclaraba algo que parece haber sido extirpado del debate social.  «Ahora la gente solo habla de pan y trabajo, hemos olvidado todo lo demás». Precisamente todo lo demás son aquellas cuestiones de la vida de las que todos nos acordamos cuando la vida se nos empieza a escurrir de las manos. Padecemos una imaginación cooptada por el credo económico en el que ningún mundo puede ser imaginado salvo aquel que favorece el paradigma productivo y la dominación del capital sobre todas las cosas. Cualquier narrativa que proponga un sentido de descomercialización y de cuestionamiento de la ganancia como modo de interacción social sufre un silencioso destierro. El poder consiste en lograr la obediencia, pero sobre todo en lograr que alguien imagine exclusivamente lo que tú quieras que imagine. Drenar la imaginación del otro, miniaturizarla, desmantelarla, es detentar un poder exorbitante. Posee poder sobre nosotros todo aquel que pastorea nuestra imaginación e impide que salte del redil señalado por su discurso. En las páginas de La capital del mundo es nosotros defino el miedo vinculándolo al poder y a la imaginación: «Tiene poder aquella persona, organización o institución que a través del miedo es capaz de atrofiar nuestra imaginación, o llevarla a un ángulo muerto para que no percibamos otras posibilidades en la realidad que las dictadas por ella».

Es muy sencillo inhibir la imaginación. Basta con apropiarse del discurso del sentido común y estigmatizar con la utilización del temor todo aquello que no se atiene a lo que señalan los autoproclamados propietarios de ese sentido común. En el potente ensayo Inventar el futuro, los profesores de sociología Nick Srnicek y Alex Williams explican que «un proyecto hegemónico construye un sentido común que instaura la visión específica de un grupo como el horizonte universal de toda una sociedad». El grupo dominante se erige en dueño y señor del sentido común y desprecia las ideas imaginativas que aminorarían su dominación. Resulta curioso cómo se psiquiatriza a toda persona que imagina un mundo que contravenga el discurso que perpetúa éste. «Tú estás loco», «eso es imposible», son respuestas usuales cuando uno se atreve a fabular un mundo alternativo. Tengo comprobado que los mismos que exhortan a ser creativos son los que consideran imposible cualquier idea que pongan en entredicho su monolítico sistema de creencias. Ocurre algo análogo con los apologetas del cambio. No cejan en escribir e impartir ditirambos sobre lo saludable que es cambiar, penalizan la renuencia al cambio y señalan la fosilización a la que condena esa actitud, pero cuando se esbozan ideas de organización social que refutan las de la civilización del trabajo para articular un mundo más humano saltan inmediatamente con el soniquete de que eso es imposible.Yo les suelo dar la razón, pero agregando un matiz:  «Sí, es imposible, pero para tu cerebro». El pensamiento dominante margina y ridiculiza cualquier idea que transgreda los límites de su dogma ideológico. Pero la historia nos dice que toda idea sin la cual ahora la vida no nos parece posible fue en un principio tildada de herética e imposible. Fue ninguneada por quien tenía poder cuando alguien la imaginó por vez primera.

martes, septiembre 26, 2017

El silencio agresivo



Obra de Javier Arazabalo
Existe mucha literatura que ensalza el silencio. Muchas veces yo lo he elogiado. Recuerdo que le dediqué un epígrafe en el ensayo La educación es cosa de todos, incluido tú. Allí defendía que el silencio es un argumento irrefutable, el único del que nunca tendremos que desdecirnos. Groucho Marx proponía que era «mejor estar callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas», y Shakespeare también nos aconsejaba que era «mejor ser rey de tus silencios que esclavo de tus palabras». El silencio abroga tantas sugerencias como tipos de silencio existen. Hay silencios aprobatorios y reprobatorios, silencios condenatorios, silencios retadores, silencios cómplices, silencios balsámicos, silencios saboteadores, silencios críticos, silencios punitivos, silencios prudentes, silencios diplomáticos, silencios atrabiliarios, silencios sediciosos, silencios enigmáticos, silencios estúpidos, silencios burlones, silencios chillones, silencios otorgadores, silencios libidinosos, silencios disuasorios, silencios pedagógicos, silencios interrogativos, silencios afirmativos, silencios simbólicos, silencios respetuosos. La panoplia de silencios es voluminosa, pero yo quiero hablar aquí de un silencio pocas veces citado. El silencio agresivo.

Solemos acotar las agresiones al empleo de la fuerza física para provocar un daño o la amenaza de infligirlo con el fin de que se complazca una demanda. Buss estableció en los años sesenta una taxonomía de la agresión en la que además de la agresión activa señaló la pasiva. Toda la violencia psicológica se produce en este estadio. Es muy sencillo lacerar a una persona sobre la que se ostenta poder laboral, sentimental, afectivo, familiar, económico, sin necesidad de agredirla ni física ni verbalmente. En Los sentimientos también tienen razón (ver) hablo de ello en el epígrafe titulado La violación del alma, término impactante que le leí al profesor Iñaki Piñuel en una de sus obras dedicadas al acoso laboral.  Una de esas formas de agredir se  encarnaría en el silencio. Se trata de una agresión pasiva verbal directa, el silencio muñido para soslayar el diálogo y por extensión dejar inerme al interlocutor. En su Manual de antifilosofía, Michel Onfray nos regala una definición de violencia que casa con la que Buss le confiere al silencio: «Violencia es la incapacidad para liquidar la querella por medio del lenguaje». No querer hablar en contextos pacíficos presididos por la bondad del diálogo es una deliberada bofetada a la razón discursiva. El silencio decapita el intercambio verbal y precipita al diálogo a su propia muerte.

No hay nada más desalentador que argumentar una tesis e interpelar a nuestro interlocutor a que la secunde o la refute, y contemplar aterrados cómo se precipita sobre nosotros un gigantesco alud de silencio. Hay palabras que hieren, pero hay silencios que sajan el alma. Una palabra elegida pérfidamente para inducir dolor puede dejar maltrecha a una persona el resto de su vida, pero un silencio cuando alguien solicita información perentoria o entablar un diálogo sanador puede desangrar a su víctima. Las palabras son el instrumento que empleamos para transferir información compleja del modo menos equívoco posible, pero hay silencios que transportan tanta o más que un tumulto de palabras.

Aunque ni las palabras ni los silencios matan directamente, por una palabra inadecuada o por un silencio tozudo se han declarado guerras en la que han muerto miles de personas, o se han abierto heridas insondables que siglos después se antojan imposibles de suturar. Una palabra o un silencio pueden malograr tanto la existencia de una persona como la vida de un país de millones de habitantes. Igual que existen muchos tipos de silencios, también existen diferentes encarnaciones de este silencio inicuo. En un momento de exacerbada comunicación digital y por tanto de relaciones presididas por la deslocalización y la asincronía, no querer hablar o guarecerse en un mutismo humillante se manifiesta de muchas novedosas maneras. Un silencio no es solo sellar los labios y no añadir nada en mitad de un diálogo, o sortear la propia opción de dialogar, también lo es no responder a un mensaje o demorar la respuesta, eludir un encuentro, no coger el teléfono, no recibir o ningunear a la persona con la que sin embargo se han concordado tácitamente ciertos compromisos. Yo entiendo el diálogo como una exigencia ética, como un deber humano, y no como un comodín al albur del interés personal. Donde el diálogo muere, donde la ética expira, empieza el banquete caníbal de la selva.



martes, septiembre 19, 2017

Cuando la empatía y los sentimientos son insuficientes



Obra de Marc Figueras
Acabo de terminar la lectura del ensayo Vivir éticamente. Cómo el altruismo eficaz nos hace mejores personas del filósofo norteamericano y experto en temas éticos y bioéticos Peter Singer. Me ha llamado la atención la bifurcación conceptual que Singer establece en el campo de la empatía. No es un asunto periférico. Creo que es justo ahí donde se halla la tabla de salvación de la aventura civilizatoria. Desde sus instantes aurorales, la humanización  ha consistido en aceptar que el otro es un compañero en el acontecimiento humano (somos biológicamente homínidos, pero queremos humanizarnos). No es una tarea especialmente difícil cuando el otro es un ser con el que nos eslabona la afectividad, pero deviene en empresa faraónica cuando el otro es alguien del que no sabemos nada, vive a  miles de kilómetros, o es una referencia abstracta. La bifurcación propuesta por Singer parte de una distinción capital. No es lo mismo entender los sentimientos que compartirlos. Es la misma diferencia que existe entre empatía y compasión. Gracias a los aspectos emocionales de la empatía nos identificamos de un modo rápido y sencillo con los congéneres de carne y hueso que pueblan nuestra vida privada, pero también con la individualidad desconocida que se presenta ante nuestros ojos en el espacio público. Esta empatía emocional nos moviliza. Sin embargo, se torna poco eficiente cuando la otredad no está delante de nuestro peinado ocular, o no nos sutura a ella ningún nexo afectivo, o se reduce a una abstracción nominal. 

En el planeta Tierra nos hospedamos casi ocho mil millones de personas, y la irradiación afectiva de cualquiera de nosotros alcanza ridículamente a tan solo unas ciento cincuenta de ellas, según certifica el célebre número Dunbar. Esta insuficiencia emocional sólo se puede resolver si entran en juego los aspectos cognitivos de la empatía. El altruismo eficaz que analiza Singer se preocupa mucho más por la empatía cognitiva que por la empatía emocional. Es muy fácil sentir empatía emocional, requiere mucha instrucción sentimental sentir empatía cognitiva. Cualquiera que haya acudido a mis presentaciones de La razón también tiene sentimientos me habrá escuchado decir algo idéntico, aunque con terminología diferente. El sentimiento es muy útil en las distancias cortas, pero se vuelve inoperante e incluso irresoluto en las largas. La racionalidad es imprescindible para entender y asir el mundo de los valores universales con los que queremos engalanar nuestra condición humana, pero adolece de la falta de arranque que sin embargo sí posee la vibrante emoción. Necesitamos racionalizar el sentimiento para convertirlo en acción, pero no en una acción cualquiera, sino en una valiosa y decente. Esa acción recibe el nombre de virtud, el conjunto de las conductas que consideramos nos mejoran a todos los que participamos de la expedición humana.

La virtud logra una proeza inaudita. Se sirve de la fuerza propulsora del sentimiento de donde procede en primera instancia, pero también de la jurisdicción de la racionalidad para adentrarse en la abstracción de los valores y guiar así el comportamiento. Recuerdo que en El gobierno de las emociones Victoria Camps lo expresaba como uno de los más grandes hallazgos éticos. Estamos en un punto muy excitante que nos debería enorgullecer como especie. La racionalización del sentimiento alumbra unos sentimientos distintos de los emocionales y de los sociales. Genera el sentimiento ético. Su trazado es maravilloso y me atrevo a afirmar que es el ideal al que aspira el impulso humanista: nace de una emoción, se transforma en un sentimiento por la participación de la cognición, pasa por el tamiz de la racionalidad y su vocación universal y se acaba transfigurando en un sentimiento ético que nos aboca a la virtud. Es muy probable que no sienta ningún afecto por alguien que no conozco, pero me comportaré afectuosamente con él, o tomaré decisiones que le respeten, porque he logrado racionalizar el afecto que sí siento por los próximos y cuyo despliegue con el prójimo en forma de virtud es lo mejor para todos.

Entre las virtudes gestadas por la racionalización del sentimiento acaso la más nuclear sea la del respeto. El respeto consiste en tratar al otro como una entidad valiosa por ser un ser humano (el autorrespeto es algo análogo pero con nosotros mismos). A este sorprendente valor le hemos dado el nombre de dignidad. La dignidad es una invención ética por la que hemos decidido apreciar a toda persona por el hecho de serlo. La dignidad es la vitrina de nuestra humanidad, pero como ficción ética no se percibe a través de ninguna emoción, sino a través del ejercicio de la racionalidad. Es en la intelección donde podemos comprender que el otro es un ser que solicita el mismo valor y el mismo interés que reclamamos para nosotros porque es un ser humano que comparte idénticas afinidades. Donde no llega ni la emoción ni el sentimiento, sí puede llegar la ética, que es la reflexión del sentimiento. El altruismo es ayudar al otro desinteresadamente, pero puesto que compartimos la tarea de humanizarnos, puesto que la dignidad se sostiene en el respeto de la dignidad del que es mi igual siendo mi prójimo, ayudar con nuestras acciones directas e indirectas a preservar la dignidad del otro es ayudar a preservar la nuestra, y simultáneamente a hacer del mundo un sitio más humano. Ayudar al otro es ayudarme yo. El llamado altruismo egoísta debería bautizarse como altruismo inteligente. O sea, virtud.

martes, septiembre 12, 2017

Primer día de clase, primera lección: educar es educar deseos



Obra de Nigel Cox
Ayer se inauguró la vuelta al cole, el primer día de clase, el regreso a los procesos de inculturización para aprender a vivir, a convivir cívicamente y a proveernos de habilidades y conocimiento. La definición más bonita que conozco de educación pertenece a Platón. La educación consiste en enseñar a desear lo deseable. En mi ensayo La capital del mundo es nosotros (ver) la parafraseé para bautizar su cuarto y último capítulo: Admirar lo admirable. Después de haber estudiado minuciosamente los engranajes sentimentales de la admiración («el sentimiento específico del valor», subraya Aurelio Arteta en el monumental ensayo dedicado a esta conducta La virtud en la mirada), y si admitimos que el conocimiento se adquiere pero la sabiduría se descubre, me parece que admirar, interiorizar y reproducir lo admirable resume de un modo perfecto en qué consiste la cima de la sabiduría. Utilizo aquí la definición de sabiduría que esgrime José Antonio Marina en el prólogo de El aprendizaje de la sabiduría, el ensayo que agrupa los anteriores Aprender a vivir y Aprender a convivir: «La sabiduría es la inteligencia aplicada a nuestro más alto proyecto, que es la vida buena, feliz y digna». Al igual que su maestro, Aristóteles también advirtió que la educación no es otra cosa que educar los deseos para estratificarlos de tal modo que faciliten una vida en común justa y construyan con sensatez una felicidad siempre perteneciente a la esfera privada. Vivir bien entraña desear bien.

Recuerdo haberle leído a Carlos Castilla del Pino que los seres humanos nos regimos por dos lógicas. Por un lado se halla la lógica de la razón, que nos coge de la mano para llevarnos hacia la conducta conveniente. Por otro lado emerge la del deseo, que nos dirige hacia la conducta apetecible. La conclusión del psiquiatra no admite sombra de duda: «Si ambas conductas coinciden, mejor que mejor. Si no, suele ganar la última, y sobreviene la catástrofe». He aquí otra definición de sabiduría: que lo que quieras sea lo que te conviene, que la fuerza propulsora de la deseabilidad concuerde con la capacidad de la inteligencia de establecer buenas metas. Es otra forma de presentar el enunciado platónico de desear lo deseable, el cénit de una buena educación  En algunas ocasiones esta misma idea la he presentado de un modo provocador: la educación consiste en aprender a desobedecer. Se sobreentiende que a desobedecer los deseos que empantanan llegar a ser lo que nos gustaría ser.

No quiero caer en el discurso angelical al hablar de una educación que probablemente vive momentos crepusculares ensombrecida por la febril adquisición de competencias que avalen nuestra valía para el mercado. Hace un par de años el entonces Ministro de Educación José Ignacio Wert regaló para la posteridad una definición de educación tan desilusionante que nada más escucharla la manuscribí en uno de mis cuadernos: «La educación consiste en que los alumnos aprendan a competir por un puesto de trabajo». Cualquiera que haya estudiado la tensión antagónica en espacios de interdependencia colegirá que, puesto que en la dimensión capitalista empleo y acceso a una vida digna forman una unidad indisoluble, y el empleo es un recurso cada vez más escaso, esta afirmación nos devuelve a la selva y degrada la educación a simple supermercado de la empleabilidad. Competir es satisfacer los intereses propios a costa de que nuestro oponente no pueda satisfacer los suyos. Si rivalizamos por algo banal, la mecánica no acarrea riesgo  alguno. Si competimos por satisfacer necesidades primarias, este escenario nos arroja al canibalismo y al sálvese quien pueda, la proclama que suelen gritar los que ya están a salvo. El pragmatismo académico educa para el mundo que tenemos. Nos convendría a todos que también educara para el mundo que sería bueno que tuviéramos.