martes, septiembre 29, 2015

Diálogo, la palabra que circula



Pintura de Alex Kazt
En el acervo popular existe un dicho que nos recuerda que «hablando se entiende la gente». Se trata de una afirmación excesivamente optimista, una frase que posee una hermosa sonoridad lapidaria, pero cuya consistencia deviene en frágil si se analiza pormenorizadamente. Seguro que cualquiera de nosotros a lo largo de la vida ha padecido intentos frustrados de entenderse con alguien después de hablar durante mucho tiempo (incumpliendo el mandato de la brevedad, puesto que cuanto más se mira un problema menos se ve), ha mantenido intacta una disensión tras truncados intentos de conciliar intereses, se ha mareado dando vueltas sobre la circularidad de ideas que nunca echaban el ancla en ningún puerto. Conociendo esta desventurada posibilidad, a mí me gusta decir que «hablando se puede entender la gente», pero sobre todo «si no se habla, es difícil entenderse». Toda la cultura del acuerdo y toda la educación para el diálogo y la paz se pueden resumir en este último aserto. 

Etimológicamente diálogo ensambla el término logo (palabra) con el prefijo dia (que circula). Diálogo es por tanto la palabra en circulación, la palabra que se desliza a través dos o más personas, pero conviene matizar enseguida que no se trata de una palabra cualquiera. La palabra es la distancia más corta entre dos cerebros que desean entenderse, pero para que esa palabra evite la dirección contraria y recale en la cerrazón y el empecinamiento es necesario encapsularla en argumentos construidos correctamente, en razones que utilizamos para defender una posición o para impugnarla. Sólo a través de la arquitectura de los argumentos podemos convertir el diálogo en un recurso útil, en una herramienta maravillosa para el progreso de la sociedad civil y los contextos democráticos. Los argumentos poseen poder de excavación y, bien utilizados por los interlocutores, pueden extraer minerales valiosos, pero esgrimidos de un modo avieso pueden convertirse en pegajoso lodo y embarrarlo todo. Hace unos días leí a un profesor de Filosofía que sus alumnos consideraban que debatir  es gritar, interrumpirse, atacarse, zaherirse, afirmarse por encima de todo, lograr la disipación del valor y el respeto que el otro se concede a sí mismo. Cuando se desencadenan estos combates de esgrima verbal, cuando proferimos barbaridades en las que abdican los argumentos educados, cuando la adhesión pasional hacia nuestras ideas se confunde con nuestro ego y nos impide el sano olvido de nosotros mismos, cuando somos incapaces de aceptar que dos postulados opuestos pueden convivir amablemente en el mundo de lo deliberativo, no hay diálogo. La palabra no circula. Y la historia nos dice que allí donde las palabras no circulan, tarde o temprano emerge la fuerza en sus distintas gradaciones y encarnaciones. Inequívocamente.

jueves, septiembre 24, 2015

¡Peligro: la soberbia!


A sus pies. Luis Beltrán
La soberbia es el primero de los siete pecados capitales. Los pecados capitales son un paseo por los lóbregos sótanos del alma humana, una llamada de alerta de los peligros que acarrean aquellas pasiones que han tomado la dirección de la desmesura. Son comportamientos que se hibridan con otros comportamientos con los que comparten vecindad y a veces consanguinidad y que entorpecen la convivencia, ensucian las interacciones, inoculan insalubridad en el yo. El primero de ellos es la soberbia. Es un movimiento de doble dirección. Alude a la atracción que nos impulsa a la grandeza y a la fe en uno mismo por alcanzarla en su sentido positivo, pero también a la vanagloria y al desprecio a los demás en su sentido negativo. Coloquialmente hablamos de la soberbia  como la hipertrofia del ego, que además posee la irrefrenable singularidad de que no admite los méritos en otro yo al que trata de anular con el menosprecio. Una envenenada pedagogía del mirar hace que la conducta soberbia incapacite para ver o aceptar en los demás atisbos de excelencia, porque señalarlos empequeñecería la grandeza que el soberbio reclama para sí mismo en exclusividad. Esta necesidad de devaluar la conducta ajena se basa en la desconsideración:  negarle al otro el valor y el respeto que se concede a sí mismo, y por tanto humillarlo y rebajarlo en un juego de vasos comunicantes en el que el desprecio al otro es en realidad un velado halago al propio yo. 

Si los pecados capitales señalan la desmesura, la soberbia es el descomedimiento de un buen concepto de uno mismo. Creemos saludable poseer una buena autoestima para evitar la irresolución del yo ante los desafíos del mundo, pero no rotar hasta el otro extremo y granjear peligrosa amistad con la altivez. Nos quejamos de aquellos cuya excesiva modestia les impide incrementar posibilidades, pero censuramos y solemos alejarnos preventivamente de los que han enfermado de vanidad. Animamos a los que se atribuyen una autoestima baja a que aprendan a hablarse bien para sortear la mortificación, pero nos provocan vergüenza los que pasan al otro lado del péndulo y se instalan en la arrogancia.  Nos gusta la gente que siente orgullo (la satisfacción que procura lo que uno considera bien hecho, no confundir con el orgullo del que se niega a capitular un curso de acción a pesar de coleccionar razones para ello, todo por no aceptar que otros han propuesto mejores opciones), pero nos produce aversión la gente aquejada de egolatría (la admiración impúdica y continua de lo propio) o narcisismo (un amor tan abusivo hacia él mismo que no le quedan porciones que repartir con los demás). Consideramos inteligente pertrecharnos de un buen autoconcepto, pero nos resultan insoportables los vanidosos (los que buscan cualquier excusa para pavonearse buscando la permanente alabanza de los demás). Este equilibrio funambulista entre la desmesura y la carestía de soberbia nos retrotrae a Aristóteles y su célebre conclusión de que la virtud se halla en el justo medio, en ese punto geográfico situado entre el exceso y el defecto. El propio Aristóteles defendía que la virtud sedimenta en la conducta a través del hábito. Yo creo que al defecto le pasa exactamente lo mismo. Sólo que necesita bastante menos hábito.

martes, septiembre 22, 2015

Réquiem por la Filosofía y por las Humanidades



Obra de Katharine Jung
A partir del próximo curso la asignatura de Filosofía desaparecerá del Bachillerato. Es una aciaga noticia que apuntala el signo de los tiempos. La mayor característica del mundo contemporáneo es que hemos logrado una exacerbada tecnificación del mundo, pero emancipada de fines éticos. Hemos sofisticado los medios (técnica) y simultáneamente hemos desertizado los fines (ética), y esta tremenda asimetría nos está deshumanizando. La oferta curricular ha puesto todo su empeño en que sepamos hacer cosas para una vida reducida a pura empleabilidad,  pero ha ido guillotinando la posibilidad de preguntarnos «para qué». La filósofa norteamericana Martha Nussbaum en su ensayo Sin fines de lucro califica esta reducción del conocimiento en el ámbito educativo como «educación para la obtención de renta». El periplo académico privilegia una urdimbre de técnicas destinadas a  la consecución de un empleo, y borra del paisaje todo vestigio de actividad encaminada a pensar críticamente las cosas. Contemplando el devenir del mundo, parece que el ser humano ha nacido para ser empleable por encima de todo (y una vez que lo es dedicarse a optimizar el lucro), y que lo demás es una inutilidad residual, un incordio que nos roba energía y tiempo y nos descentra de la tarea principal. Ocurre que todo lo demás es lo que nos hace radicalmente humanos.  

El ser humano es el ser que es capaz de dirigir su propia conducta y dar sentido a su vida a través de fines que se propone a sí mismo.  Lo que nos distingue de cualquier otro ser vivo es que tenemos capacidad para escoger más allá de la necesidad y la fatalidad. A nuestro sino biológico hemos incorporado una segunda naturaleza. Podemos pensar, deliberar, evaluar, decidir, escoger, qué hacer con nuestra propia vida y cómo organizar los espacios y los propósitos compartidos con otras vidas. Todos estos pasos son estadios del proceso reflexivo, de la prodigiosa y exclusiva capacidad del ser humano de pensarse a sí mismo desde la conciencia de que es un ser que tarde o temprano morirá. Hace poco le leí al profesor de Filosofía Carlos Nieto Blanco en el ensayo Reflexión y humanidad que precisamente «la filosofía aporta el momento reflexivo del pensamiento humano». Esta reflexión no es estéril. Se transforma en acción porque el ser humano está siempre en actitud de elegir y de construir un sentido para su vida. Esa es la gran función genérica de la filosofía. Nos pensamos a nosotros, pero también nos pensamos como un ser con los otros, existencias vinculadas a otras existencias que han hecho de la convivencia un destino irrevocable que toca articular y perfeccionar día a día. Para esta ingente tarea tenemos que gestionar emociones, sentimientos y pensamientos que nos ayuden a ver al otro como un igual, un ser precario y frágil como nosotros que nos necesita igual que nosotros le necesitamos a él para neutralizar la tremenda precariedad con que la naturaleza nos ha dotado. Somos vulnerables y precarios, pero podemos aliviarnos entre todos y serlo menos. Ese proyecto es un proyecto ético.

Nuestros sentimientos no vienen dados por la ley natural, son el resultado de profundas confrontaciones con la realidad tamizadas por las construcciones culturales y la producción de significados en un momento de la historia. Necesitamos reflexionar en torno a qué sentimientos queremos promocionar en nosotros mismos y en nuestros congéneres. Hay sentimientos que nos humanizan y sentimientos que nos envilecen. Más todavía. La sociabilidad, la ética y el civismo necesitan la intervención del pensamiento para poder emerger, pero la atomización individualista que excluye al otro de las deliberaciones o lo utiliza como medio para sus fines sólo necesita apelar a los instintos. Las Humanidades consisten en desatarnos de ese despotismo que nos anuda a la selva de la que venimos. Si no queremos volver a ella no nos queda más remedio que educarnos en la reflexión porque no hay ni un solo saber técnico que nos ayude en esta tarea. Habrá que recordarlo una vez más: las Humanidades concentran todo lo que nos mejora. Paul Auster afirmaba que una novela no cambia el mundo, pero sí cambia nuestra manera de verlo, que es el prólogo de todo movimiento de mejora. Las Humanidades hablan de nosotros como seres humanos para conocernos y comprendernos, para pensar, para deliberar, para no admitir supersticciones ni cegarnos por los dogmas ideológicos o religiosos, para dudar y comprobar la falibilidad del conocimiento, para establecer lazos afectivos más sólidos, para ser más justos, para escoger mejor, para disfrutar, para admirar, para establecer metas, para darle un sentido a la vida. La literatura, la música, el arte, el cine, el teatro, la filosofía, son las formas creativas que nos hemos inventado para manifestar nuestra humanidad. Arrinconarlas y ningunearlas es empeorarnos paulatinamente. Es deshumanizarnos.

jueves, septiembre 17, 2015

Sin imaginación no hay compasión



La compasión es el sentimiento que emerge cuando hacemos nuestro el dolor del otro.  Es un sentimiento muy loable que nos hace compartir nuestra condición de seres humanos, nuestra filiación con la fragilidad y la menesterosidad, apreciar el yo como el único territorio del que disponemos para vivir, pero que siempre es susceptible de ser herido. El dolor (en todas sus ramificaciones) nos vuelve comprensiblemente egocéntricos, monopoliza nuestros relatos, entumece nuestra capacidad de elección. Si ese dolor es especialmente invasivo y déspota, quien se siente sojuzgado por él borra todo lo demás de su espacio tanto visual como cognitivo. En el lenguaje llano existe una expresión muy elocuente para cuando uno quiere medir con cierta exactitud el gigantesco tamaño del dolor que le tiraniza: «No te puedes ni imaginar el dolor que siento», o «no te puedes ni imaginar el daño que me han hecho», o «no te puedes ni imaginar lo mal que lo estoy pasando». Son expresiones pronunciadas casi siempre con abrasiva sinceridad que sin embargo son inciertas. Si queremos hacer nuestro el dolor del otro, si queremos compadecernos, si queremos ver y sentir con la mirada y la sensibilidad del otro, la única herramienta que tenemos a nuestro alcance es la imaginación.

La piedad necesita de la ficción para ubicarnos en el dolor de nuestro igual. Creamos una ficción que nos ayude a aproximarnos a sentir lo que siente el afligido, a que su dolor nos duela, pero simultáneamente ayudamos a convertirlo en bálsamo, a que el dolor repartido sea menos lacerante (y si el dolor es de índole social aparece la idea de justicia). Frecuentemente nos compadecemos de aquellas desgracias que pueden ocurrirnos algún día a nosotros, y esta inclinación delata que la compasión limita hasta confundirse con la autocompasión. Existe un presentimiento de similitud, la previsión de que ese dolor nos puede invadir a nosotros, y precisamente hacer nuestro el dolor del otro es aceptar y corroborar que somos «semejantes». No es casual que este término como sustantivo sustituya en muchas expresiones a la de «seres humanos». Quizá por eso empleamos la expresión «no te lo imaginas» cuando queremos enfatizar la insondable profundidad de nuestro dolor. Ese dolor es tan voluminoso y tan hondo que incluso aunque seamos semejantes no poseemos la capacidad de imaginarlo. «No te lo imaginas», nos pueden decir a cualquiera de nosotros. Aunque precisamente imaginarlo como semejantes que somos es lo más inmediato que podemos hacer.

martes, septiembre 15, 2015

Elogio de la zona de confort



Resulta curioso que, aunque la zona de confort tal y como se estila en las definiciones más estandarizadas podría ser el ecosistema levantado con nuestros recursos para resolver problemas que afectan a nuestras necesidades básicas tanto afectivas como materiales, rara vez alguien se refiere a ella en términos laudatorios. Casi siempre se cita estereotipadamente como un lugar del que salir, un infierno en el que se carbonizarán nuestras motivaciones subjetivas y nos volveremos el increíble hombre apergaminado. Hablamos de la zona de confort para referirnos sin matices a actitudes de conformismo, situaciones confortables que nos impiden desarrollarnos, a escenarios de satisfacción autocomplaciente, o de aversión a la mutabilidad del entorno. En la retórica del management se utiliza este término maximizándolo todo, de un modo tristemente maniqueo. Hace poco leí la falaz hipérbole de que «todo lo que quieres está fuera de tu zona de confort», o que es lejos de ella «donde ocurre la magia», o el sofisma «la vida empieza donde acaba tu zona de confort». Si nos atenemos a las definiciones más canónicas, la zona de confort vincula con uno de los tres grandes deseos del ser humano inscritos en su dotación genética: el deseo de bienestar. Las personas anhelamos construir espacios de equilibrio en el que esté garantizado el bienestar emocional y el bienestar material. Empleamos muchos recursos y mucha energía a lo largo de nuestra biografía en neutralizar en la medida de lo posible todo aquello que pueda amenazar ese equilibrio conquistado. Nuestro cerebro se pasa la vida peleando por ello, muchas veces sin que nosotros seamos conscientes. Lo he escrito aquí muchas veces. Al cerebro no le interesa lo más mínimo realizar una operación matemática de manera brillante, o escribir un texto que no ensucie los ojos del lector, le interesa sobrevivir, y luego vivir, que es sobrevivir sin un número abusivo de contratiempos (lo que no obsta para que seamos muy conscientes de que lo inesperado acaece cuando menos te lo esperas y que lo más cierto es lo incierto). El mundo líquido, la provisionalidad, la volubilidad, la precariedad, la pobreza, la competición, son todos enemigos de la zona de confort. Si vivir con tranquilidad podría ser un aceptado sinónimo de zona de confort, es fácil inferir que son muchos los deportados de la cada vez más despoblada zona.

Nuestro cerebro siente animadversión ante la impredicibilidad, lo que hace incomprensible que estigmaticemos a los que busquen aquilatar sus contextos de certezas e inhibirlos de riesgos. Los críticos de la zona de confort afirman que en esa zona nos atortugamos, pero no es cierto que las personas tendamos a la inacción una vez satisfechas las cuestiones vinculadas a la seguridad personal. El segundo gran deseo del ser humano es el incremento de posibilidades, la prosperidad y el desarrollo de aquello que posee relevancia en nuestras vidas (y que muchas más veces de las que divulgan los altavoces mediáticos está fuera del perímetro del mercado). Este segundo gran deseo vincula con el empoderamiento, la capacidad de que lo posible se haga real. Aquí surge una de las muchas contradicciones que albergamos los seres humanos. Suspiramos por un mundo de certezas, pero sentimos el impulso de curiosear qué hay más allá de lo que conocemos, poner a prueba nuestras capacidades, desarrollarnos, extrapolar nuestra experiencia a escenarios y personas nuevas, inventar, innovar, crear, interaccionar, movernos, hacer cosas. Buscamos el prestigio, el reconocimiento, la admiración, la identidad social, o el mero cariño, pero también sentirnos bien con nosotros mismos, percibir nuestra eficacia, desafiarnos, disfrutar, desarrollar nuestra intimidad, expandir nuestra vinculación afectiva, fortalecer los nexos con el otro, degustarnos, ayudarnos, abrillantar el mundo, hacer aquello que nos haga sentirnos orgullosos sin necesidad de que alguien nos retribuya por ello. La incertidumbre nos espanta. La certidumbre sin novedades nos horroriza. Anhelamos la zona de confort, pero no para no salir de ella, como promocionan los gurús de la literatura de la autoayuda, sino como el garante de unos mínimos para la búsqueda de máximos. 

jueves, septiembre 10, 2015

El ser humano ¿es bueno o es malo?



Pintura de Didier Lourenço
Hace unos días me preguntaron si el ser humano es bueno o malo. Se trata de una evidente pregunta maniquea, y cuando alguien formula un interrogante maniqueo existen muchas posibilidades de que la respuesta también lo sea, salvo que uno incursione con un machete dialéctico en la frondosa maleza de los matices. Ante mi inicial silencio, mi interlocutor añadió: «Dicho de otro modo, ¿eres de Rousseau o de Hobbes?». Rousseau defendía que el hombre es bueno por naturaleza, pero que al vivir en sociedad se corrompe porque entran en juego deseos pulsionales como la dominación, la propiedad, el reconocimiento, la cotización, la comparación, el dichoso e insaciable ego. Hobbes cobijaba una visión negruzca del ser humano que resumió en el celebérrimo aforismo «el hombre es un lobo para el hombre». Estaba convencido de que el ser humano sólo se reconduce con el miedo y la disuasión del castigo. La pregunta inicial y la disyuntiva entre el autor de El contrato social y el de Leviatán son tramposas porque inducen a decantarse por una opción o su antagónica, cuando en realidad no hay opciones.  Los seres humanos no somos ni buenos ni malos, existen conductas execrables y existen conductas admirables, y la mayoría de las veces unas y otras aparecen abigarradamente entremezcladas en los cursos de acción protagonizados por el sujeto que somos. Hace muchos años me aprendí una hilarante tautología del humorista José Luis Coll relacionada con estas cuestiones tan capitales. Coll afirmaba que «el hombre es como es, y bastante desgraciada tiene con ser así». Es cierto que tenemos bastante mala suerte en ser como somos, pero falsearíamos las cosas si escamoteáramos que también tenemos una suerte fantástica en ser como somos. Recuerdo que en una entrevista que realicé a Jesús Ferrero con motivo de la publicación de su maravilloso ensayo Las experiencias del deseo (Premio Anagrama), le pregunté algo parecido, si en nosotros prevalecía más la dimensión cooperativa o la competitiva. Su respuesta fue muy elocuente: «Somos ambas cosas a la vez, y si negamos una parte en favor de la otra estaremos negando la esencia de nuestra naturaleza».    

En mis cursos y en mis charlas yo suelo citar la figura del renacentista Pico de la Mirándola y su Elogio de la dignidad. Allí postulaba que el ser humano es el único animal con la suerte proteica de erigirse en el arquitecto de su propia vida. Podemos ser ángeles o demonios porque tenemos capacidad para emanciparnos de nuestro sino biológico y elegir libremente nuestra conducta. Blaise Pascal afirmaba con mucho criterio que una hormiga o una abeja de hoy hace invariablemente lo mismo que una hormiga o una abeja de hace tres mil años. Pero los seres humanos, a pesar de que soportamos determinismos genéticos, sociales y económicos, podemos elegir, escoger, discernir, valorar, optar. Poseemos inteligencia volitiva, identidad movediza, recursos para interpretar y transformar el entorno y a nosotros mismos en una biografía de geometría variable. Somos los únicos privilegiados que podemos hacerlo a través de la educación, el conocimiento, la cultura, el arte, la pedagogía de las interacciones. Nuestra versatilidad es decididamente enorme para lo bueno (que podríamos definir como tratar el otro con la misma consideración que solicitamos para nosotros) y para lo malo (convertir al otro en un medio para colmar nuestros intereses). Nuestra volubilidad nos hace capaces de lo peor y de lo mejor. Podemos dar la vida por salvar a alguien a quien  no conocemos de nada y podemos asesinar legalmente a miles de congéneres industrializando la violencia y empleándola con gélido y exterminador pragmatismo. Sabemos bien que deprimir determinados factores del medio ambiente social favorece la emergencia del lado depredador que llevamos en nuestra dotación genética, pero también que estimular ciertos contextos saca lo más loable inscrito en nuestra naturaleza. Nos podemos encanallar pero también nos podemos mejorar. La mayor proeza de la inteligencia para sacarnos de la selva fue la de convertir los fines de los demás en nuestros propios fines, y viceversa, una contorsión sublime y maravillosa alcanzada gracias al afecto en las distancias cortas y a la dimensión ética en las distancias largas. A todos nos compete decidir con nuestro comportamiento y nuestras decisiones qué preferimos promocionar. Existe una anécdota que relata un enfrentamiento encarnizado entre un lobo feroz y egoísta y un lobo amable y justo. A nosotros nos atañe a cuál de los dos debemos alimentar sabiendo que el mejor alimentado ganará la pelea.

lunes, septiembre 07, 2015

Primer día: hablemos de la rutina

Pintura de Michele del Campo
Comienza un nuevo curso. Se inicia la inminente vuelta al cole tanto en sentido literal como en sentido figurado, arranca la nueva temporada, nos reincorporamos rutinariamente a nuestros lugares habituales, celebramos una metafórica botadura repetida año tras año. La rutina goza de escaso prestigio en nuestras valoraciones, menos todavía en días inaugurales como hoy en los que parece que se ha incrementado la tasa de adversidad para que las piezas vuelvan a encajar y todo requiere de sobreesfuerzo. Tendemos a hablar de ella casi siempre en términos despectivos y de alienante robotización. Como todas las cosas, la rutina  tiene un anverso y un reverso. Es perversa cuando tapona la llegada de ocurrencias, corta el flujo de estímulos que nos proyectan hacia fuera, acartona nuestra vida. Pero es elogiable cuando gracias a la planificación y a la programación regula balsámicamente nuestro tiempo y maximiza nuestras habilidades. En realidad la rutina que no incorpora novedades en el horizonte no es rutina, es monotonía, es oxidación, es entumecimiento existencial. La rutina consiste en la ejecución de actividades pautadas. Francisco Rubia en ese libro en el que nos interroga sobre nuestro conocimiento del cerebro explica el fenómeno de la habituación como «una inhibición por parte del sistema nervioso central de informaciones sensoriales a niveles periféricos», aunque unas páginas antes reconoce que la costumbre logra la encomiable metamorfosis de automatizar las tareas motoras, y que la automatización de actos motores discurre mucho mejor sin la participación directa de la conciencia. La rutina no es ni amable ni execrable. Lo que hagamos nosotros con ella, sí. Si la empleamos mal, es enajenadora. Si la empleamos bien, es creativa.

La rutina es nefasta para satisfacer la aleatoriedad de los deseos inmediatos (de hecho suele erigirse en su mayor dique de contención), pero es muy constructiva para complacer deseos pensados que requieren la activa participación de tiempo y esfuerzo. La rutina nos permite el placer de la anticipación, predecir nuestros actos (sabiendo por supuesto que vivir es aceptar el acecho de lo inesperado) y enmarcarlos en rituales institucionalizados llamados horarios, ahorrar voluminosas cantidades de energía. La rutina jibariza los esfuerzos, simplifica la toma de decisiones, logra esa máxima de Picasso que consiste en que la inspiración nos pille trabajando, es decir, que nuestras posibilidades nos aborden en el momento en que pueden transfigurarse en reales. Si uno lee la biografía de cualquier persona que ha legado algo valioso a la posteridad comprobará cómo lo extraordinario de su tarea surgió de un relámpago en medio de la repitición litúrgica de lo ordinario. Ritualizar los días no es disolverlos en el aburrimiento, no es entregarlos a la momificación de la monotonía, es hacerlos más dóciles a nuestros deseos e intereses. El hábito es tremendamente fecundo para automatizar tareas y eludir la sensación de tener que llevarle a todas horas la contraria a nuestra voluntad. La rutina es una estructura operativa del tiempo, pero también de nuestras competencias. Con qué se rellene esa estructura depende de cada uno. O de la vida que llevemos uncida en nuestra biografía.