lunes, marzo 24, 2014

La educación es cosa de todos, incluido tú


La educación es cosa de todos, incluido tú es un ensayo interdisciplinario. En sus páginas se cruzan muchas materias con absoluto pero ordenado desprejuicio que atestiguan la naturaleza híbrida de los nuevos escenarios de conocimiento. Toda esa ebullición ha sido posteriormente empaquetada en un cuidado formato de manual con secciones en cada uno de los treinta y tres epígrafes que completan la obra. Y redactada por una escritura que busca la filiación literaria.

El libro recorre un itinerario de comportamientos y valores destinados a vivir y convivir mejor, una trayectoria que ansía ser una poética de la convivencia. Es precisamente en ese tupido mapa de interacciones con los demás donde nos dedicamos a la ardua tarea de ser personas. Ser persona ofrece un resultado individual, pero requiere de la participación colectiva, cuyo sofisticado engranaje en red podemos calificar como educación. Cada página intenta explicarlo de un modo ameno no exento de reflexión y utilidad. (Más información en la página oficial de la obra www.laeducacionescosadetodos.com )

martes, marzo 18, 2014

Habemus libro

Ya está aquí. Acaba de publicarse el ensayo con voluntad de manual "La educación es cosa de todos, incluido tú" (Editorial Supérate, 2014). Esta semana inauguraremos la página web oficial del libro en la que estará disponible toda la información y donde también se podrán adquirir ejemplares. En breve anticiparemos dos inminentes presentaciones en dos ciudades. El libro intenta ser una poética de la convivencia, estudiar qué aspectos son relevantes para vivir y convivir mejor.

www.laeducacionescosadetodos.com

martes, marzo 11, 2014

Deseos y necesidades no son sinónimos



Imagen de Sarolta Bang
Existe mucha interesada desorientación a la hora de hablar de deseos y necesidades. El capitalismo, tanto de ficción como de producción, de las últimas décadas ha convertido en sinónimas dos palabras que no lo son en absoluto. Cuando hablo de capitalismo me refiero a una civilización que ha transformado todo en mercancía, incluidas las personas y los Derechos Humanos consustanciales a esa condición, pero sobre todo al encarnado en una industria financiera que etiqueta de normalidad alcanzar un 20% de beneficios netos con respecto al ejercicio anterior. Para lograr este crecimiento exorbitante es necesario que tus clientes se endeuden (dicho de un modo más inteligible, que la industria financiera venda elevadas cantidades de dinero) y para provocar ese endeudamiento es primordial la construcción de muchas sinonimias nocivas, como por ejemplo la de identificar deseos con necesidades. Hace poco leí un reclamo bancario en el que una entidad aseguraba financiación para tomarnos unas vacaciones bajo la afirmación de que «te ayudamos a que este verano se cumplan tus deseos y necesidades». Colocar en el mismo estadio piramidal ambo vectores delata bien el signo de los tiempos.

Juguemos a las definiciones. Un deseo es tomar desasosegante conciencia de algo que nos falta (y si nos falta es porque hemos podido sobrevivir a su ausencia) y simultáneamente sentir cómo una fuerza interior nos empuja a intentar subsanar esa carencia. Sin embargo, una necesidad es por definición aquello  de lo que no podemos prescindir sin que la vida quede muy maltrecha, o directamente nos quedemos sin ella. El deseo es voraz y su mecánica insaciable. Un deseo satisfecho da inmediato paso a otro deseo que exigirá con obsesiva insistencia colmar su petición. Los deseos satisfechos guardan en sí mismos una contrariedad que conviene no azuzar: en vez de sumir en una paz plácida al que los colma abren la puerta de nuevos deseos reclamando acerbadamente que se cumplan sus peticiones. Podemos colegir de todo esto que es un horror tener deseos, pero no es así ni mucho menos. Lo que sí puede ser tremebundo (y una vida precipitada a la infelicidad) es no saber articular bien el contenido de los deseos. Por contra, pocas cosas son tan útiles como conectar la fuerza propulsora del deseo con la satisfacción de las necesidades que poseemos por nuestra ineluctable condición de seres humanos. Superarnos, desafiarnos, sacar filo a nuestras habilidades, ensanchar el conocimiento, vincularnos a los demás, compartir los instantes, adentrarnos en los dominios del afecto, son tareas necesarias que pueden beneficiarse del motor a propulsión que pone a nuestro alcance el deseo. Se trata de aprovechar la energía del deseo para emanciparnos. No para esclavizarnos. 

jueves, marzo 06, 2014

Yo es otro



Siempre me ha fascinado el verso del jovencísimo Arthur Rimbaud en el que afirma que «yo es otro». La primera vez que lo leí siendo adolescente no lo entendí, pero su enigmática contradicción quedó reverberando en las paredes de mi cabeza. Hace muchos años mi mejor amigo y yo nos reíamos a menudo con otro tic lingüístico que apuntalaba la definición de Rimbaud. Lo habíamos encontrado leyendo un libro de relatos de Benedetti, en el que su autor, que no dejaba de hacer piruetas con la elasticidad del lenguaje, en un momento dado en vez de hablar a secas  de  «yo»  citaba al yo acompañándolo de otro yo.  Acabábamos de descubrir la todopoderosa expresión «yo y yo». Aquel hallazgo nos sirvió a mi amigo y a mí  para aquellos días hablar con absoluta precisión no exenta de comicidad. Recuerdo todavía las risas cuando soltábamos perlas como la descriptiva «esta semana yo y yo nos hemos llevado bastante bien». Esta mañana continuando la lectura del ensayo de la escritora y exploradora del cerebro Siri Hustvedt me encuentro de nuevo con esta misma idea: «En la memoria autobiográfica nos convertimos en otro para nosotros mismos».  Creo que se puede matizar que no sólo en la memoria episódica se produce este desdoblamiento, sino en cualquier instante en que opera la dimensión autorreflexiva. Necesitamos la duplicación del yo que se clona en su igual para dirigirse la palabra.

Al hablarnos, al observarnos, al aplaudirnos, o al mortificarnos, surge un yo que habla a otro yo.  Para señalar  el peligro que supone el abuso de instrospección, tan repetido por los expertos, yo empleo siempre el verbo merodear. «Olvídate de ti, deja de merodearte», es la prescipción con la que suelo concluir conversaciones en las que sin saber muy bien cómo al final aparece el tema de la felicidad. También me la repito a mí mismo muchas veces. Es palmario que si uno se merodea a sí mismo es porque se convierte en merodeador y merodeado a la vez, en el yo y yo de la feliz expresión de Benedetti. Lo escribí en el último artículo, pero lo repito aquí. Podemos dar el paraguas nominal que queramos a ese yo hablando a otro yo, pero a mí a me gusta definir el alma como la conversación que entablamos con nosotros mismos hablando a cada instante de lo que hacemos a cada minuto. Al relatarnos nos desgajamos de nosotros para paradójicamente poder formar parte de la narración. Es un portentoso ejercicio de funambulismo, una jugada de la inteligencia que nos duplica. La posibilidad de que yo sea otro, lo que susurró en aquel enigmático verso Rimbaud. El autor que con diecinueve años había dejado por escrito lo acontecido una temporada en el infierno. 

lunes, marzo 03, 2014

El ejemplo es el único discurso que no necesita palabras



El ejemplo es el único discurso que no necesita palabras, cierto, pero es un discurso que sí necesita saber qué palabras son las que hay que ejemplificar. Los seres humanos absorbemos e interiorizamos la conducta de aquellas personas que han obtenido éxito, que son admiradas por el resto de la tribu. Intentamos clonar sus patrones de comportamiento con la esperanza de que también así obtengamos parte de esa recompensa, que a nosotros la realidad nos trate con la misma cordialidad que brinda a quien se ha conducido de ese modo. Se trata de un aprendizaje por modelado. Un aprendizaje vicario en el que voluntaria o involuntariamente evaluamos a los demás y reproducimos aquellas pautas que han sido validadas por el argumentario social y a las que se le ha concedido algún tipo de gratificación. Ese premio no es necesariamente monetario. Puede ser un elogio, un aplauso, un aumento de la cotización social, una muestra de cariño, el reconocimiento del grupo a algo bien hecho. De ahí la relevancia de la ejemplaridad, de elegir moldes que nos proporcionen versiones mejoradas de nosotros mismos en vez de empujarnos a procesos de que estimulen nuestra propia miniaturización. Hay que mimetizarse con lo que nos abrillanta, no con lo que nos deslustra.

Con esta perpetua evaluación y selección se configura nuestro mapa de valores, aquello que resulta central para nosotros, aquello que por ser relevante para nuestra persona lo hacemos sin ninguna sensación de esfuerzo, pero que a cualquier otro con un código axial distinto al nuestro le resultaría una tarea enojosa e ímproba. Platón escribió que educar no es otra cosa que enseñar a admirar lo admirable. Hay que aprender a discernir lo admirable de lo que no lo es, lo plausible de lo execrable, lo que merece la admiración de lo que se hace acreedor de un reproche, lo que nos multiplica de lo que nos vuelve herrumbrosos. Pero no podemos quedarnos sólo ahí, empantanados en una teoría que sin más deviene estéril. Hay que dar dos pasos más al frente, dos decisiones para saltar a la acción, que es donde la vida se solidifica y habita entre nosotros. Reproducir en nuestra conducta lo admirable y sabotear lo abyecto. No hay mayor enseñanza posible para los que nos circundan y nada más eficaz para adecentar el mundo. La buena noticia es que este tipo de educación no requiere la participación de ningún esfuerzo adicional. El ejemplo se encargará de ello. Se trata de la única pedagogía en la que uno no tiene que hacer nada para dar clase.